Muchos padres de jóvenes y adolescentes suelen encontrarse hoy con la situación desconcertante de unos hijos que por un lado se comportan irresponsablemente, sin conceder importancia a las cosas que en teoría debieran interesarles, y por otro manifiestan sentirse abrumados por el peso de los estudios, por la incertidumbre del futuro o incluso por pequeños reveses del día a día; que en muchos aspectos de la vida dan la impresión de haberse puesto el mundo por montera mientras que en otros son incapaces de afrontar contratiempos minúsculos. «Me agobio», «estoy agobiado/a», son expresiones cada vez más oídas en el lenguaje de esa generación paradójica.
Inconsciencia crónica junto a exceso de preocupaciones. De la banalidad despreocupada a la angustia paralizante. ¿Cómo es posible, se preguntan progenitores y educadores, que unos muchachos tan poco dados a tomar en serio las cosas se hagan las víctimas cuando les vienen mal dadas? ¿No estarán exagerando? ¿No será una estratagema autoexculpatoria, un recurso para provocar compasión y volver a abstenerse de actuar, como de costumbre?
Pues todo hace sospechar que no es así. Que pocas veces se trata de rabietas y aspavientos de niños malcriados intentando conmover a unos adultos asustadizos para conseguir salirse con la suya. En la última década se ha incrementado muy notablemente el número de visitas de adolescentes a los servicios de urgencia psiquiátrica. Según datos registrados en un hospital barcelonés, después de los trastornos de conducta la segunda causa de estas atenciones son las crisis de ansiedad, en casi un 25% de los casos. Si a eso añadimos el 15% alcanzado por las tentativas de suicidio, no es como para desentenderse de un problema tan real como grave y creciente.
Sobreprotegidos
Se trata, en definitiva, de la intolerancia a la frustración. Muchos jóvenes no soportan los reveses porque no han sido adiestrados para ello. Sobreprotegidos desde la cuna, acostumbrados a conseguir de sus familiares todo lo que desean, ajenos a la experiencia de la necesidad y de la penuria, carecen de defensas frente a las dificultades. Se ha repetido hasta la saciedad, y no sin fundamento, que los padres de las últimas décadas están engendrando inválidos sin recursos para enfrentarse a un mundo regido por la competitividad y los altos niveles de exigencia, tanto en lo laboral y lo profesional como en las relaciones interpersonales y la integración social. Los adolescentes naufragan en el trayecto entre una infancia entre algodones que no les ha exigido ningún sacrificio y un futuro que se les presenta erizado de obstáculos, y lo más que puede ofrecerles la generación de sus criadores es el mantenimiento contra natura de esos mismos papeles a perpetuidad. La sobreprotección y la excesiva permisividad han hecho de ellos unos seres dependientes, sin autonomía alguna cuando se trata de hacer planes, de tomar decisiones maduras y de enfrentarse a los problemas propios.
Pero no sería justo abundar en el ya tópico discurso de los «padres culpables» que últimamente acompaña a todos los diagnósticos sobre el malestar de la juventud y la zozobra de la adolescencia. El hecho de que las familias hayan propiciado en parte la irresponsabilidad de unos hijos que acaban pagando con angustias su vida muelle dentro del hogar no es razón suficiente para cargar ese fenómeno sobre la conciencia de sus padres. A fin de cuentas, éstos han actuado generalmente por cariño hacia sus hijos, aunque ese cariño haya adoptado algunas formas erróneas. Y el hecho cierto es que la gran mayoría de los jóvenes que se sienten «agobiados» en situaciones extremas ya no buscan tanto la complicidad de los amigos, como ocurría hasta hace poco tiempo, como el refugio junto a unos padres todo lo defectuosos que se quiera, pero más eficaces que nadie en el suministro de la seguridad emocional que en esos momentos necesitan.
Muchos especialistas coinciden en apreciar que las causas de la intolerancia a la frustración en las edades jóvenes guardan un estrecho vínculo con los valores predicados por los medios de comunicación. Cuando desde sus primeros pasos la persona ha estado recibiendo a través del televisor mensajes incesantes de consumo fácil, de éxito seguro y de felicidad gratuita, no es descabellado pensar que quien le ha incapacitado para enfrentarse a la cruda realidad no es el maestro paciente ni la madre incapaz de decir «no» a alguno de sus caprichos, sino unos medios concebidos para halagar, enajenar y manipular las mentes de sus receptores-consumidores.
La televisión (o la publicidad que rige como gran soberana los contenidos y las formas de sus mensajes) es el principal agente de esa frustración. ¿Qué capacidad para enfrentarse a los problemas pueden tener quienes durante los años más receptivos de sus vidas ha sido ametrallado a todas horas con promesas de felicidad virtual, de satisfacción por el consumo, de éxito inmediato, con visiones de la vida pintada como un show que suministra diversiones inacabables? El discurso mediático y mercantil alimenta una inmadurez que sale a flote cuando la cruda realidad muestra su rostro y el joven experimenta la sensación de que nada es como se le había contado, un desajuste que provoca insatisfacción y ansiedad extrema.
Así como en los años 60 y 70 se habló de la 'generación de la rebeldía' y en los 90 de la 'generación del Prozac', ahora da la impresión de que le ha tocado el turno a la 'generación de la frustración'. ¿Que no podía ser de otra manera? ¿Que los jóvenes deberían saber que han sido engañados con falsos señuelos? Sin duda. Pero esa evidencia no resuelve el problema ni mucho menos autoriza a darle la espalda. Porque lo cierto es que, cuando nuestros adolescentes dicen «me agobio», en general están hablando en serio. Sufren de veras, y tal vez mucho más de lo que nos podemos imaginar.