toti martínez de leZea
Hace hoy quince años, el 14 de mayo de 1991, Jiang Qing, viuda del presidente Mao Zedong y ex ministra china de Cultura, apareció ahorcada en su domicilio. Tenía 77 años y durante más de cuarenta había sido una de las personas más influyentes de China, y la más poderosa durante los últimos años del régimen maoísta.
Hija de un artesano, estudiante universitaria y miembro del Partido Comunista desde joven, fue actriz de cierto éxito durante un tiempo en Shanghai hasta que conoció a Mao, veinte años mayor que ella, convirtiéndose en su cuarta esposa en 1939. A partir de entonces ambos fueron carne y uña, aunque, según una biografía recientemente publicada ('Mao. La historia desconocida'. Jung Chang y Jon Halliday. Taurus), el líder chino menospreciaba y, a la vez, temía a su mujer. Si bien, durante los primeros diez años de su matrimonio, Jiang Qing permaneció en la sombra, en 1949 fue nombrada ministra de Cultura, aliándose a finales de los cincuenta con Lin Biao, número dos del régimen y sucesor natural de Mao, momento en el que comenzó su fulgurante ascensión política.
Es difícil ser ecuánime cuando se juzga la trayectoria humana y política de una persona de las características de Jiang Qing y, más aún, cuando dicho juicio se realiza desde la distancia en el tiempo y, también, en el espacio geográfico y en una cultura tan diferente a la occidental como es la china.
Los apologistas del régimen maoísta defienden su actuación durante la gran revolución cultural proletaria y hablan de algunas «debilidades» de la misma, mientras que sus denunciantes la acusan de ser corresponsable de la muerte de millones de personas durante los diez años que duró la caza de brujas, concebida para controlar al pueblo por medio del terror en un momento en el que hacía estragos la hambruna debido al obligado abandono de la agricultura en beneficio de las fábricas de hierro y acero y comenzaban a escucharse voces disidentes dentro del gobierno.
Alentar la violencia
Cada cual juzga a los demás según sus preferencias, sin embargo existen más testimonios en contra que a favor de esta mujer, entre ellos: su liderazgo durante los diez años que duró la Revolución Cultural y sus proclamas ante los Guardias Rojos, alentando la violencia y el exterminio de los enemigos calificados de reaccionarios.
Nombrada en 1966 directora de la llamada Revolución Cultural, Jiang Qing fue la responsable de un proyecto que llena de consternación por su magnitud: eliminar de China el «antiguo mundo». Miles de profesores fueron ejecutados, deportados o internados en campos de reeducación, se destruyeron incontables obras de arte, se quemaron libros y documentos antiguos y se persiguieron las creencias religiosas, incluso las doctrinas de Confucio y de Buda.
Intelectuales, músicos, escritores, filósofos, así como un incalculable número de funcionarios, miembros del propio Partido Comunista y personas en general fueron purgados y obligados a una autocrítica pública seguida de internamientos en campos de trabajo, cuando no ejecutados. Se prohibió la representación de las óperas tradicionales, sustituyéndolas por otras en las que se exaltaba la carismática figura de Mao y se suprimió cualquier referencia cultural de los países occidentales: música, literatura y arte, alentándose a los artistas a reflejar en sus obras únicamente los logros de la revolución. La imposición llegó a tal extremo que, incluso se 'recomendó' el uso del 'Jiang Qing fu' o traje para mujeres, diseñado por la propia Jiang Qing.
Condenada a muerte
Fue detenida un mes después de la muerte de Mao en 1976 -junto a tres de los máximos responsables de la Revolución Cultural, la llamada 'banda de los cuatro'-, acusada de conspiración, condenada a muerte, condena conmutada por la de cadena perpetua en su domicilio, y amnistiada unas semanas antes de suicidarse según el parte oficial.
Puede que Jiang Qing creyese firmemente en la revolución que había liberado a su país del feudalismo; que considerase que cualquier medida era válida con tal de mejorar la vida de sus compatriotas y alcanzar una mayor equidad social para todos, pero olvidó que el futuro de un país no se construye destruyendo su pasado, asesinando a los opositores, suprimiendo las libertades individuales y deificando a sus dirigentes.