Cuesta trabajo comprender que, en los sucesos acaecidos a comienzos de 1800, la protagonista de excepción y a la postre heroína fuese una folclórica de las de entonces. Efectivamente, una mujer atractiva, pícara, graciosa tonadillera de éxito para más señas, se convirtió en el pretexto perfecto para que los bilbaínos se levantasen de manera airada contra la autoridad y dejasen patente su hartura frente al resto de los pueblos del Señorío. Una reacción que no supuso sorpresa alguna, porque las causas de aquel odio eran ya demasiado viejas, aunque a finales del siglo XVIII las pasiones y los enfados alcanzaron cotas de alta tensión.
Y es que la villa bilbaína mostraba unas aspiraciones de progreso tales que contrastaban mucho con el conformismo y el cómodo conservadurismo del resto de la provincia. Esta actitud de pasividad y abulia ante la modernidad en las anteiglesias vizcaínas no evitó que la envidia creciese hasta convertirse en un sentimiento de hostilidad exagerado que hizo que los primeros años del siglo XIX fuesen para Bilbao una de las etapas más difíciles de cuantas había tenido que afrontar a lo largo de toda su historia. Como señaló Teófilo Guiard, en aquel tiempo todos eran sus enemigos, «los aldeanos, los hacendados, los mayorazgos y otros coterráneos distinguidos por sus méritos, por la dignidad de sus cargos señoriales y por el ascendiente que lograron en la corte».
Todo comenzó al finalizar la guerra contra los franceses, la conocida como de la Convención (1793-1795). Ante la necesidad de saldar las cuantiosas deudas contraídas por el Señorío, se planteó la cuestión, y también el problema, de aumentar la fiscalidad y recaudar nuevos impuestos. Al principio, en 1796, la solución que se acordó fue muy del gusto de la burguesía bilbaína, que vio cómo sus intereses quedaban fuera del punto de mira del 'fisco'. No opinaba lo mismo la nobleza rural, que, liderada por quien estaba llamado a convertirse en la peor pesadilla para los bilbaínos, Simón Bernardo de Zamácola, obligó a que se revisasen los impuestos a finales de 1797. Como se temían muchos, las decisiones tomadas fueron totalmente contrarias a los intereses de Bilbao.
Incapaz de reaccionar, la clase burguesa bilbaína asistió a un 'trágala' en toda regla, pues el acuerdo se obtuvo bajo presión. Se les amenazó con revisar los libros del Consulado, lo cual suponía toda una violación de intereses. Desgraciadamente, la citada aprobación de nuevos impuestos no fue la única mala noticia a la que tuvo que hacer frente Bilbao en aquellos años. Empeñados en hundir aquel mundo de progreso y soberbia, jauntxos, instituciones forales y hasta el mismísimo Corregidor hicieron auténticos esfuerzos por llevar a buen fin tan vengativos propósitos. ¿Envidia? Posiblemente. ¿Justicia y equidad? Cabe la posibilidad de que también, aunque, bien mirados, los métodos utilizados no fueron ni los más justos ni los más inteligentes.
La pieza de la discordia
Una buena muestra de la torpeza con la que actuaron algunas instituciones del Señorío se produjo en enero de 1800. Por aquellas fechas actuaba en el Teatro de la Villa la compañía de Antonio Martínez. En el cartel de actuaciones aparecía, como sexta dama, una «cantatriz» llamada Joaquina la Navarra. A pesar de no ocupar puestos estelares en el elenco de actores, 'la Navarra' era una tonadillera que traía a mal traer a buena parte de los mozos de los lugares en los que cantaba, razón de peso para que llenase los teatros y sus coplas fueran más que populares. Pues bien, fue una de las tonadillas de su repertorio, incluida en el programa del día 15, la que dio problemas. Al someterse la letra a la censura del corregidor, Luis Marcelino Pereyra, la prohibió sin dudarlo ni un momento. Tal y como estaban las cosas, ciertas partes de la pieza eran claramente subversivas, afirmó el bueno de Pereyra. Para el director de la compañía, en cambio, todo eso era un disparate. La perniciosa copla se había cantado en Madrid y nadie se había escandalizado. Decidido, acudió al alcalde de la villa, «quien ciscándose en el corregidor, de quien estaba harto, dio permiso para que fuese cantada».
No es difícil suponer cómo estaban los ánimos y la expectación el día de la función. El teatro se llenó por completo. ¿Cantaría la tonadilla la buena de Joaquina? Por supuesto que la cantó y «entonces el corregidor, que consideró vulnerada su autoridad, bajó al escenario y, tras de suspender la representación, se llevó a la cárcel de la Villa a la Navarra».
El público se amotinó y exigió la liberación de la tonadillera. El gesto de la autoridad había sido intolerable. El Ayuntamiento, por su parte, exigió al corregidor la inmediata puesta en libertad de la cantante ya que, según su criterio, el único que tenía facultades para censurar actos públicos de esas características era el alcalde. Pero se mantuvo en sus trece. Tanto se enconó el asunto que los concejales bilbaínos elevaron al Rey un memorial de agravios.
Frente a la versión de Pereyra, que reivindicaba competencias en materia de policía, gobierno y administración del teatro de Bilbao, el Consistorio presentó la Real Orden de 14 de noviembre de 1799 por la que se establecía que dicha competencia era del municipio. Así fue, porque otra Real Orden, en este caso la del 27 de enero de 1800, dio la razón entera al Ayuntamiento. Finalmente, Joaquina, la tonadillera subversiva, quedó en libertad.
El día que salió de la cárcel, una multitud fue a dar vivas y a aplaudir a 'la Navarra'. Fue la particular manera que los bilbaínos tuvieron de plantarle cara al corregidor. De ese modo, una cantante guapa, pícara y descarada se convirtió durante doce días en la heroína del pueblo de Bilbao.
La tonadillera se había transformado en la bandera de una de las partes contendientes en una lucha, antigua ya, entre la villa y el resto de las instituciones del Señorío. Una batalla que no terminó ahí. La trama de una conspiración en toda regla para acabar de una vez por todas con el poderío de Bilbao estaba en marcha. Y es que el problema no era el corregidor, ese «sujeto de genio corrosivo» llamado Pereyro. El verdadero enemigo de Bilbao, merecedor de una crónica en exclusiva, no era otro que Don Simón Bernardo de Zamácola.