Sucedió el pasado 27 de abril. Las excavadoras engullían tres viejas estructuras de hormigón en un monte cercano a Larrabasterra, en Sopelana, con motivo de las obras del corredor de Uribe Costa. Con sus fauces de acero, las máquinas destruían en pocos minutos un pedazo de la historia de Vizcaya. Caían tres de los últimos búnkeres que aún se conservaban de los más de 300 construidos durante la Guerra Civil, ahora hace 70 años, para frenar el avance de las tropas franquistas en su camino hacia Bilbao.
La demolición de estas fortificaciones ha supuesto una «mala» noticia para historiadores y estudiosos de la contienda en Euskadi. Los especialistas asisten con «tristeza» y «preocupación» a la desaparición progresiva de estos vestigios, sin que ninguna institución «haga nada por conservarlos».
Fruto de esta «política de abandono», el conocido como Cinturón de Hierro o línea defensiva de Bilbao languidece en las laderas y cimas de los montes que rodean a la capital vizcaína. Trincheras, nidos de ametralladoras, galerías subterráneas, alambradas, refugios contra la artillería y la aviación... Con un perímetro original de 80 kilómetros, desde Urduliz a Muskiz, pasando por las cercanías de Amorebieta, hoy sólo pueden contemplarse pequeñas ruinas del pasado en algunos rincones de Galdakao, Unbe, Gaztelumendi y Sarrikolea.
Traición del ingeniero
Con una inversión de 50 millones de pesetas de la época y descrito por el lehendakari Jose Antonio Aguirre como «una magnífica obra de ingeniería», el Cinturón de Hierro comienza a construirse a mediados de octubre de 1936, pocos días después de la constitución formal del primer gobierno autónomo de Euskadi. Aunque aún lejana, la guerra está en plena efervescencia. La caída de San Sebastián y Vitoria y el avance de los sublevados por la brecha guipuzcoana hacen presagiar que la batalla decisiva del frente norte se dilucidará en Bilbao.
Durante siete largos meses, 8.500 obreros fijos y decenas de miles de voluntarios trabajan sin descanso en las obras de fortificación. El objetivo: establecer un muro defensivo que detenga la ofensiva de las tropas nacionales. «El esfuerzo realizado fue enorme», explica el historiador Jesús Monasterio. «Se emplearon gran cantidad de recursos humanos y materiales. El clima era de entusiasmo y se comenzó a hablar de una muralla impenetrable», añade el experto.
Sin embargo, en febrero de 1937, cuatro meses después del inicio de las obras, algo inesperado sucede: el ingeniero y uno de los máximos responsables de los trabajos, Alejandro Goikoetxea, se pasa al enemigo, con un informe de 32 folios sobre el estado de las defensas. Con anterioridad, otro alto cargo, Pablo Murga, había sido fusilado por filtrar información sensible al bando franquista.
Con todo, los trabajos se reanudan, aunque comienzan a observarse deficiencias en la construcción, al tiempo que las tropas rebeldes se acercan inexorablemente al corazón de Vizcaya. El traidor Goikoetxea había dejado sin reforzar varios puntos vitales de la línea. Para algunos investigadores, la deserción del ingeniero es clave en la posterior caída de Bilbao. Sin embargo, varios protagonistas de este pasaje de la historia restan importancia a esta hipótesis y creen que la realidad fue bien distinta.
«El cinturón fue un gran 'bluff'», sostuvo en más de una ocasión Ramón Olazabal, oficial del Ejército vasco de la época. «Sólo el 28% de las defensas fueron realmente fortificadas, el perímetro nunca se terminó», dejó escrito el miembro del batallón 'Irrintzi'. No era esta la opinión generalizada entre la población y los soldados del bando vasco-republicano. «El gudari llegó a creer que disponía de una gran defensa con el cinturón y hasta casi deseaba introducirse en él y esperar, creyéndole eficaz e inexpugnable», argumentó en uno de sus artículos el dirigente del Gobierno vasco Luis Ruiz de Aguirre. «Oficiales y soldados creen que tiene propiedades mágicas», escribió el periodista ruso Kolstov, días antes de la batalla definitiva.
Sin aviación
Por si esto fuera poco, las trincheras se cavaron en línea recta y los búnkeres tenían aberturas demasiado grandes y llamativas. Para acabar de empeorar la situación, las tropas franquistas hicieron un abrumador despliegue de medios: 110 aviones ablandaron el cinturón los días previos al asalto final, que tuvo lugar el 12 de junio por la brecha de Larrabetzu.
El epílogo del Bilbao republicano habla de una intervención decisiva de alemanes e italianos en favor de los sublevados. De una superioridad aplastante y paralizadora: cañones, bombarderos, cazas y tanques frente a una resistencia basada en fusilería y ametralladoras. George Steer, el periodista que dio a conocer al mundo el bombardeo de Gernika, lo relata magistralmente en su libro sobre la Guerra Civil en Euskadi: «Los vascos no tenían aviación y su artillería estaba muda. Y aunque hubiesen tenido a su disposición diez veces más armas ligeras, hubieran sido mucho más débiles que el ejército que les atacaba».