Hay una rara obsesión en el País Vasco por ser pioneros, hollar por vez primera algún territorio virgen, explorar a la vasca espacios incógnitos del quehacer humano. En todo lo que hacemos tendemos a creernos pioneros. No está claro (siempre) que lo seamos, pero para justificar y enaltecer cualquier cosa que salga de vascas manos se le endilga la cualidad de 'pionera'. Somos pioneros en la nueva cocina, pioneros en la arquitectura moderna, 'pioneros en la pesca de la angula', 'pioneros en la defensa del derecho de autodeterminación', pioneros del 'rafting' en Nairobi, pioneros en la formación del movimiento europeo, tenemos pioneros en la recuperación de la selección de Euskadi de fútbol. Pioneros, siempre pioneros.
Estas citas, recientes, confirman que no hay ámbito de la actividad humana que escape a nuestro natural afán precursor y osadía aventurera. A juzgar por la fascinación con que se repite la idea, se diría que nos repele cualquier iniciativa que no pueda tildarse de pionera. Vale para todo. Somos pioneros en 'eBussines', pioneros en el Estatuto del Consumidor, «somos pioneros en la puesta en marcha de un plan para la integración del pueblo gitano» (según el acuerdo gubernamental entre PNV y EA), somos pioneros en el rock radical, en la propagación de la firma digital... Exploradores, colonizadores, vascos a la cabeza del mundo, destacando, innovando, dando ejemplo. ¿Recuerdan aquel incidente chusco en el que el Gobierno vasco elaboró un decreto para que el ajedrez dejase de ser considerado deporte? Lo mejor fue cómo lo explicó el responsable del desaguisado. Aseguró con orgullo que de esta forma éramos «pioneros en definir qué es deporte» (vaya ocurrencia). Como fueron también pioneros en plegar velas (vulgo, envainársela), el sucedido sugiere que hay veces que conviene no estar en la avanzadilla.
Digo yo que en nuestro imaginario colectivo el pionerismo va asociado a una privilegiada pose de osadía adentrándonos en un futuro paradisíaco y redentor de la Humanidad; a una suerte de intrepidez intelectual por la que irrumpimos valerosos en selvas, desiertos, sabanas, polo norte o himalayas de la tarea humana, con salakof, si es preciso. Quizás se relaciona con la idea de que, además de nuestra histórica y comprobada vocación de misioneros, poseemos la de exploradores, por alguna injustificada identificación entre la tarea histórica del aventurero ('Livingstone, supongo') y el pionero vasco ('Ez, ni euskal aitxindaria naiz', 'No, yo soy un pionero vasco': la cara que se le quedaría a Stanley). ¿Afán precursor? No exactamente. Más bien ganas de vernos seres privilegiados, innovadores conscientes con aspecto serio y concienzudo abriendo nuevos campos para la Humanidad, dando ejemplo siempre, aportando, anticipándonos, con la gracia que nos caracteriza.
Nótese que para nuestra idea del pionero vasco van como anillo al dedo las tres acepciones de pionero que da el Diccionario. La primera dice: «persona que inicia la exploración de nuevas tierras». Dado que aquí lo de las tierras hace metáfora, el prototipo es sin duda el mismísimo Ibarretxe, el Gran Pionero, no sólo por su convencimiento de que «se le arrastra por el barro»(en Madrid, no aquí) debido a que es «el pionero en la reforma del Estado», sino sobre todo por su incontenible propensión a detectar hazañas pioneras en todo lo suyo y lo vasco (valga la redundancia). Ha asegurado, en veloz caleidoscopio discursivo, que el «Pan de Atención de Emigración» (de su Gobierno) ha sido «pionero del Estado»; además, «somos un Gobierno pionero en el Estado español y en Europa en haber aprobado una estrategia medioambiental definida»; nuestro «protocolo de personas internadas en régimen de incomunicación (es) pionero del Estado español»; nuestra Ley de Igualdad es «pionera a nivel de Estado», lo que no es de extrañar pues Euskadi «es pionera a la hora de plantearse una ley por los derechos humanos». También el Gobierno vasco ha hecho «un esfuerzo pionero de coordinación institucional» para desarrollar la ciencia, tecnología e innovación. Y, cómo no, nuestro país «fue pionero a la hora de incrementar el 0,7 por ciento en materia de cooperación institucional». Está claro: a pioneros no nos gana nadie. Si en el Gobierno Pionero Vasco a alguno se le ocurre una cosa normalita, del montón, no pionera, le cogen ojeriza y lo tiene crudo.
Tampoco nos faltan ejemplos para la segunda acepción de pionero, además del anterior, que también vale. Es pionera una «persona que da los primeros pasos en alguna actividad humana», lo que explica, en sentido figurado, que tengamos pioneros, o lo seamos colectivamente, en: la orientación profesional, la pesca en el Cantábrico, el desarrollo del deporte rural, materias antropológicas, experiencias de cooperación internacional (en esto los pioneros son nuestros ayuntamientos), las vanguardias artísticas, determinados aspectos de la Ley del Suelo, la actividad lechera, la aprobación de la Ley de voluntades anticipadas, la puesta en marcha de medidas para «perseguir y eliminar la lacra de las agresiones sexuales y de la violencia en el hogar», algunos planes territoriales, el estudio de atunes en el Cantábrico, las micro hidroeléctricas, las fundaciones para defender el bosque, cantidad de recetas culinarias, la modernidad y el diseño, la aplicación de novedades informáticas en Hacienda (varias), el turismo en España (en especial, San Sebastián y las playas de los alrededores), el ámbito de la insumisión, la percepción de la importancia de la construcción de Europa (aquí los pioneros fueron los nacionalistas), las casas rurales (pioneros, tras los belgas y suizos, que en esto estuvieron más espabilados), la retribución a los programas de atención farmacéutica, la importación de alfalfa francesa para paliar la sequía, el desarrollo educativo (múltiples facetas: imposible resumir), la moratoria en productos transgénicos, la formación de cooperativas de la enseñanza; las materias medioambientales (responsables: al alimón, la administración, las cooperativas y las industrias vascas), la polimeración en emulsión, el uso de las TIC en el trabajo diario (numerosas cuestiones), el fútbol de cantera, la radio digital, la financiación de I+D, la conversión de lonjas en viviendas... Somos pioneros en casi todo, podrían ponerse decenas más de ejemplos tomados de la prensa, anuncios y discursos. No está mal para un país de poco más de dos millones. Es probable que con la excepción de la infancia (y habría que verlo) todos seamos pioneros. No damos abasto. ¿Todo lo que hacemos es pionero!
Última acepción: «Grupo de organismos animales o vegetales que inicia la colonización de un nuevo territorio». Pues también tenemos ejemplos de esto, y a manta, si prescindimos de arbitrarias discriminaciones de reinos naturales. Están las entidades pioneras en el sector de la distribución, para difundir las bondades de la mejor alimentación, las empresas y organizaciones pioneras en el desarrollo de la cultura vasca (hay cantidad), quienes se dedican a difundir el juego de pelota a pala entre las chicas, mismamente Elkarri, que siempre fue ducha en actividades pioneras (todas las suyas lo son), o Udalbiltza, quizás con razón llamada «pionera en la creación de Euskal Herria».
Aunque viendo lo resultados de tanto adentrarnos en los terrenos de las innovaciones trascendentales, quizás deberíamos de moderar nuestros naturales impulsos pioneros. Queda algo provinciano alardear siempre de imaginativos, emprendedores, únicos y siempre innovadores. Y, la verdad, puede agotar lo de ir todo el rato en cabeza, colonizando territorios y dando los primeros pasos en actividades humanas tan diversas y dispersas. ¿No sería preferible hacer alguna cosa de forma más normal, como todos, en masa, sin dar la nota?