El Correo Digital
Lunes, 15 de mayo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
La placenta suculenta
El detonante fueron las declaraciones de Tom Cruisse en las que hacía pública su firme e insobornable voluntad de celebrar el nacimiento de su hijo comiéndose la placenta. Luego vino el caso de ese infeliz que expresó el mismo deseo en una clínica española -zamparse la placenta del hijo recién nacido- pero al que, como no era artista de cine, le echaron simplemente con cajas destempladas del centro sanitario en lugar de hacerle una entrevista. Así de injusto es el mundo. Lo que en los ricos y en los guaperas de la gran pantalla es una fina y sofisticada extravagancia, en los feos de la vida diaria y en los pobretones de toda la vida es una ocurrencia cutre, una ordinariez. Pero a uno lo que le llama la atención es precisamente el carácter universal, global, mundial y socialmente indiscriminado de la peña que plantea esta gastronómica reivindicación que no tengo más remedio que calificar de 'placentera'. La 'placentofagia' es interclasista como la ludopatía, el sexo, las almorranas o el nacionalismo. Y está creciendo, lo que no deja de ser preocupante y un motivo de alarma social pues ya lo decía Octavio Paz: «Las minorías de hoy son las mayorías de mañana».

Gran culpa, sin ninguna duda, la tienen los propios medios de comunicación que no hablan nunca de placentas si no es porque alguien quiere comérselas. La placenta nunca es noticia por algún hecho normal y positivo, porque haya destacado en las artes, las letras, las ciencias o los deportes. Nunca hay una placenta que recoja -pongo por caso- el Nobel de Medicina o el de la Paz o que gane unas olimpiadas o que muestre una gran inteligencia para las matemáticas o una vocación misionera. Uno nunca lee en un periódico la palabra 'placenta' si no es para una gamberrada, para la fechoría que quiere perpetrar con ella un progenitor descerebrado. Y, ¿claro!, hay tantos casos como el de Tom Cruisse a los que se les da canchita mediática que el propio término 'placenta' ha acabado adquiriendo unos tintes culinarios inherentes para el personal y siempre es asociado en la actualidad de manera inevitable a la buena mesa. ¿Qué se puede hacer con una placenta -se pregunta la gente sencilla, el hombre de la calle, el consumidor - si no es comérsela con patatas? Esto es lo que se ha conseguido con las 'epidemias mediáticas' que no respetan nada, ni la fisiología.

Uno de mi colegio me explicaba hace poco que se tenía que comer la placenta de su chaval porque le obligaba su religión y porque además era una cosa muy bella. Yo recordé entonces que ya de pequeño siempre se estaba comiendo los mocos, o sea que apuntaba maneras. Hay gente muy guarra que va de poética por la vida.



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