El precio del metro cuadrado de la vivienda ha resultado determinante en el amor filial. Los jóvenes se ven obligados a convivir con sus progenitores hasta que alcancen la edad de éstos y no porque piensen que la separación puede ser traumática para ambas partes, sino porque la emancipación les resulta imposible. El casado casa quiere, pero también la quieren los solteros y no hay pisos para todos, ni siquiera para una cuarta parte. La burbuja inmobiliaria, inflada entre todos, les ha venido a explotar a los más jóvenes, que ya están suficientemente explotados con eso del empleo precario, que es una forma de llamarle a la explotación. Si hacen una 'gran sentada' es porque no tienen un pequeño sofá.
Quienes los han contado aseguran que más de cuatro millones de muchachos y muchachas españoles desearían vivir lejos del hogar paterno y materno, dulce o amargo, pero carecen de medios para alejarse, cosa siempre imprescindible para experimentar el vago y húmedo sentimiento de la nostalgia, donde comparece el pasado y se añoran las cosas buenas y las malas, ya que todas suelen presentarse en el mismo plano y no sin algunas confusiones. El mejor medio para no añorar la casa de nuestra infancia es continuar en ella, lo que pasa es que si uno quiere irse para eso que llaman vivir su vida, no encuentra vivienda. Un piso de 75 metros, a condición de que esté situado donde las ciudades pierden su nombre, vale un cuarto de millón de euros y no todos tienen tanto dinero suelto.
Su Santidad el Papa Benedicto XVI ha invitado a todas las diócesis del mundo a participar en el Encuentro Mundial de las Familias. Tiene mucho mérito que los defensores de la institución familiar sean solteros, pero es cierto que son los que más se preocupan porque todo el mundo tenga una vivienda digna, aunque no digan digna de quién.