Existe una línea muy fina entre el genio y la locura. El genio supone la trasgresión de lo que se denomina 'normal' y es a veces considerado cosa de locos. Se han dado muchos casos de genialidad malinterpretada y, al revés, de locura tachada de genialidad. Sobre todo en el campo artístico. Los psiquiatras Antonio y Juan Antonio Vallejo-Nágera analizaron en diversos libros a los personajes famosos que se salían de lo habitual. Alejandra Vallejo-Nágera, nieta e hija, acaba de adentrarse en la misma senda con el libro 'Locos de la Historia' (La Esfera de los Libros). Y, entre los muchos que ha podido escoger, se ha decidido por los gobernantes locos. Gente como los últimos zares de Rusia, Luisa Isabel de Orleáns, Pedro el Grande y Carlota, efímera emperatriz de México, entre otros.
Narcisistas, histéricos, histriónicos, psicópatas... Todos vivieron con un gran sufrimiento debido a sus desórdenes mentales, no fueron dueños de sus actos e hicieron sufrir a quienes los rodeaban. No sólo se trataba de problemas personales, sino también de que, dada la posición que ocupaban los enfermos, tenían su dimensión pública. 'Locos de la Historia' sirve para defender el recuerdo de Mesalina (¿22? d.C.-48 d.C.), un personaje «maltratado» por los historiadores. Por eso Vallejo-Nágera ha recuperado una personalidad tan remota: por la «injusticia cometida con una mujer que fue muy feminista, que tenía poder y que terminó perdiendo la perspectiva y perdiéndolo todo».
Mujeres invisibles
En Psiquiatría el término mesalinismo define «una patología sexual femenina». Mala fama la que consiguió Mesalina, casada con el emperador Claudio, «cuando no hacía más que lo que sus contemporáneas. La mujer era invisible y la única manera de tener poder era mediante el sexo», sostiene la psicóloga madrileña. «El problema es que no se ocultó». Vallejo-Nágera apunta a las verdaderas malvadas del Imperio romano. «Agripina y Livia eran mucho peores, eran asesinas múltiples».
Otra mujer a la que reivindica la autora es Carlota (1840-1927), emperatriz de México tras animar a su marido, cuñado de la famosa Sissi, a aceptar el cargo propuesto por Napoleón. Fue un error. Aquella niña «inteligente, educada como un hombre y precursora de la mujer moderna, que mientras vivió al amparo de su familia fue feliz», dice Vallejo-Nágera, sucumbió a la locura «por acumulación de sufrimientos». El desastre mexicano, el fusilamiento de su marido y una psicosis que la hacía creer que iban a envenenarla, la tuvieron ida durante 60 años, hasta su muerte. «Me produce mucha ternura».
La condesa húngara Erzsébet Báthory (1560-1614), sin embargo, sólo «espanto». Y es que «el Drácula de ficción se inpira en ella». Refinada y culta de día, la condesa era de noche una sádica asesina aficionada a la brujería que mató a miles de jóvenes vírgenes «para bañarse en su sangre y preservar así su juventud». Sus dolores de cabeza sólo tenían alivio mediante un método de invención propia: hacer sufrir a otra persona hasta que gritaba más que ella. Gran parte del problema de la condesa residía en «una tara genética enorme, todos sus antecesores eran familia y había muchos casos de locura».
Los primeros Borbones españoles son un amplio catálogo de endogamia. Luisa Isabel de Orleáns (1709-1742), que reinó sólo ocho meses por su matrimonio con el primer Borbón nacido en España, sirve para introducir a otros cinco miembros de la familia aquejados de 'locuras' varias: crisis depresivas, de personalidad, agresividad, trastornos de conducta, de alimentación, adicción al sexo... Casada a los doce años con su sobrino, prima de su suegro, hija de primos, lo mismo fregaba el suelo con su vestido -desnuda- que hacía del eructo y las ventosidades toda su conversación. Los parentescos se entrecruzan en el árbol genealógico hasta confundir. «Una carga terrible en la que cada célula de su cuerpo es prima de la contigua», señala Vallejo-Nágera.
En Pedro el Grande (1672-1725) no ocurría lo mismo, pero era casi peor: maltratado durante su infancia por su padre, agredido por sus hermanastros, que querían matarlo, sufría alexitimia. Más bien sufrían los de alrededor, porque este trastorno incapacita para amar, para sentir. Era «de una generosidad enorme con su pueblo, era un ilustrado, un ser inteligentísimo, pero fue capaz de guillotinar a su amante porque sospechaba que le era infiel y de torturar a su propio hijo hasta la muerte», relata la escritora. A la psicóloga, del zar ruso le atrae «esa dualidad» que le hacía bueno para sus súbditos y terrible para su familia.
Todavía en Rusia, Vallejo-Nágera analiza el «binomio extraño Rasputín-Alejandra». Él «se creía un elegido de Dios y quería a toda costa ser el centro de atención, debido a su histrionismo o histerismo» Lo conseguía, para empezar, llevando la ropa, la barba y las uñas más sucias que se habían visto en la Corte. Ella, «dominante y dependiente», necesitaba a Dios y, en su defecto, a uno de sus enviados; le veneraba porque aliviaba el sufrimiento que la hemofilia producía al zarevich. Fueron, el uno para el otro, el roto para el descosido.