Tercer cuarto. Cientos de aficionados están al límite de elongación de sus cuerdas vocales. La igualdad es agónica y nadie se fía de lo que ocurre en otras canchas. Dos triples consecutivos del Pamesa encienden las alarmas. Pedja Savovic se transforma en un héroe de cómic para, con dos zarpazos, asumir un riesgo inimaginable. La bola vuela por el espacio aéreo de La Casilla y la traga una red hasta entonces inapetente para los misiles lanzados por el Lagun Aro. Parcial de 11-0. Buena pinta. Parece que no hará falta exprimir las conexiones radiofónicas. Media hora después en tiempo real, el alero de Pula salta en la banda cuando la bocina final aún no ha sonado. La gesta estaba lograda. Mucho tiempo después, rota por los zarandeos, abrazos, besos, la plantilla bilbaína se fundía sobre el parqué con una afición que se comportó de manera soberbia. Sólo bastó recordarle lo que estaba en juego para que un lema atronara en el viejo pabellón: «¿Somos ACB»!
Fue la fiesta soñada, el no va más de la alegría incontenible. Como buenos sufridores, los seguidores rojillos echaron el resto antes, durante y después del partido. La permanencia no llegó a peligrar en ningún momento de la caprichosa última tarde de baloncesto. Pero no era cuestión de confiarse. En un o de sus partidos más completos desde el punto de vista defensivo y de trabajo colectivo, el equipo premió la filosofía de Txus Vidorreta. Siguió a pies juntillas los renglones marcados por el entrenador y el ejercicio acabó aplicado y pulcro. Era de justicia que nada enturbiara el final feliz a una temporada en la que han sido muchas más las virtudes que los pecados.
Almas unidas
Trabajo en equipo como nunca. Lo criticable es que no haya sido igual en otras ocasiones. El pasado fin de semana en Badalona, por poner el ejemplo más reciente. Son cosas que tiene este equipo, con una capacidad inusitada para enamorar y distanciar. Son cosas que habrá que tratar en los despachos.
Pero la última crónica de la temporada, tras lo visto ayer, no puede perder un ápice de efectismo. Ver un parqué inundado de público y en medio de la marabunta a los jugadores. Comprobar hasta dónde puede llegar la incidencia de cinco mil almas unidas y alimentadas por la inyección de intensidad y entrega aportada desde la madera. Calibrar el verdadero tirón de un deporte que se creía defenestrado en Bilbao y ha vuelto como un tsunami, con la única intención de que la ciudad tenga otro referente de alcurnia lo más longevo posible. Los pelos como escarpias. Las lágrimas imposibles de contener. Los corazones tan aliviados que los cuerpos parecían levitar. La grandeza de una competición que ha encarecido cruelmente su caché y que dice no entender de favoritismos. Ayer envió a galeras a dos de sus inquilinos de toda la vida: el Ricoh Manresa y Leche Río Breogán.
Cuesta hablar de un partido que tenía tanta trascendencia que al final, con motivos para la celebración, parece que ni existió. Le costó al Lagun Aro maniatar a los de Ricard Casas, un plantillón de papel, un gigante con pies endebles. Sufrieron los de casa para cerrar su perímetro a la calidad de Avdalovic, Harrington y compañía. Por dentro las cosas funcionaban mejor, como casi toda la temporada. Cuando los balones han llegado a sus destinatarios en la pintura, el Bilbao Basket ha hecho mil y un destrozos. No es fruto de la euforia calificar a su elenco interior como uno de los mejores de la competición.
Repartir estopa, cerrar el rebote e intensificar la atención fue el tridente que dio sentido a la lucha por la supervivencia. Ni una voz altisonante. Sin malos gestos. Nada de proclamas personalistas. Un núcleo compacto. Jugadores, técnicos, mandamases, autoridades, invitados, público. Hasta a algún miembro de la seguridad se le vio aplaudir y jalear a los rojillos. El fragor era contagioso.
Corriente imparable
Cuerpos que se elevaban en las gradas buscando un rebote imaginario. Manos que surgían para tratar de puntear a los francotiradores taronjas. Carteles que poblaban los cuatro lados del ring con el lema del día. Hasta los árbitros se temieron que tanto calor físico y mental se desbordara y pidieron al 'speaker' -ante el mosqueo del respetable- que se cortara un pelín para que el desmadre no fuera portada de los periódicos al día siguiente.
La corriente de energía era imparable, lo mismo que el juego del equipo. Igual que la felicidad vivida durante más de una hora a la conclusión del partido. El último para algunos como rojillos. No para su entrenador, que seguirá navegando por las siempre procelosas aguas de a quien le toca ser profeta en su tierra. En esta ocasión, Txus Vidorreta buscó el amparo de los suyos cuando el cielo se abrió. Su primer abrazo, para Gorka Arrinda. El resto para sus allegados. Los jugadores, ya con autorización del 'coach' eran los protagonistas junto a una ciudad que hizo del sufrimiento una vía para el gozo mayúsculo. Bilbao ha sido, es y será un clamor: ¿Somos ACB! Que se enteren todos.