El mayor barrio marginal de toda África, Kibera, no existe en los mapas de Nairobi. Sus 220 hectáreas, teñidas de gris por los tejados de hojalata, se dibujan como una inmaculada zona verde más propia del selecto campo de golf que le sirve de paradójica frontera. Para las autoridades tampoco existen sus 800.000 habitantes, condenados a malvivir en un infierno de pobreza, basura y violencia. Su 'invisibilidad' les priva de elementales derechos ciudadanos a la sanidad y la educación, al agua y la electricidad, a los servicios municipales.
Sobre el suelo sucio e infecto de Kibera florecen, sin embargo, grandes negocios que sólo sirven para reforzar los círculos de poder y riqueza. Ricardo Gómez, misionero mexicano de la orden de Guadalupe (cuyo esfuerzo solidario apoya la ONG española Manos Unidas), cuenta que el agua potable llega a venderse a 25 céntimos de euro el garrafón de 20 litros. «Es un negocio tremendo, pagan más que en los barrios ricos», remacha. Y eso a pesar de que la financia el Banco Mundial, añade el vicario parroquial Juan Reyes, quien apunta que es habitual la «luz robada» con conexiones irregulares a la red.
Pero el gran negocio es la vivienda, acaparada por gente con vinculaciones políticas que saca ventaja de que «la tierra pertenece al Gobierno» para alquilar las chabolas. El 90% de los habitantes paga renta, el 85% de los dueños vive fuera. Raúl Nava, superior regional de los guadalupanos y ex párroco de Kibera, cifra en 12 euros la renta por un cuarto donde se hacinan «hasta 14 personas, con apenas una cama y cartones en el suelo para los niños». Y cita el caso sangrante de un propietario que «tiene cien casas, con sus mil cuartitos de 3x3 metros alquilados». Sin letrinas. Sólo hay una para cada 200 ó 300 personas, lo que ha generalizado el uso de 'retretes voladores': la gente hace sus necesidades en bolsas de plástico y las arroja lo más lejos posible.
La 'ley del pueblo'
El resultado es un barrio inhóspito, insalubre y maloliente donde la lucha por la supervivencia significa justo eso, un cotidiano paseo por el filo de la vida y la muerte. La vía ferroviaria que parte en dos a Kibera es todo un símbolo. Los ladrones aprovechan el paso del tren, cuando «las casas se mueven», para que el ruido tape sus incursiones, aun a riesgo de ser atrapados por grupos parapoliciales que los castigan según su brutal 'ley del pueblo': los machacan a golpes, les colocan un neumático ardiendo en el cuello y los linchan. Los cadáveres son dejados de madrugada sobre los raíles para que el ferrocarril los deje irreconocibles. «Alguien muere, y no sabes ni quién», se lamenta Nava.
La vida no vale nada en esa Kibera 'invisible' donde, a falta de proyecto común, la gente busca afirmar su precaria identidad en sus cincuenta tribus, sus trescientas religiones, sus zonas más o menos pobres. Pero la vida es siempre dura. Para el 35% ó 40% de parados, para la minoría de empleados (45 euros de sueldo mínimo y 60 u 80 euros en la industria, el 60% sin contrato) y para quienes abren tiendecitas en el barrio para ganarse 2 euros diarios. Gerardo Hernández, párroco de Kibera, describe el mercadillo nocturno de alimentos donde, a la luz de las lamparitas de petróleo, los trabajadores disfrutan de su única comida del día (por la mañana y al mediodía engañan al estómago con un té) antes de irse a descansar y cerrar una jornada que «comenzó a las cinco de la mañana, caminando hasta tres horas para llegar al trabajo». La omnipresente escena de muchedumbre andando y andando es quizá la imagen más representativa de Nairobi.
Educación es vida
Tampoco vale mucho la vida para los niños de Kibera. «Su mundo se acaba aquí. No tienen otro futuro», apunta Nava. Los misioneros guadalupanos están empeñados en dárselo en su centro integral de educación y salud, apoyado por Manos Unidas desde su construcción y que abarca la enseñanza Primaria, Secundaria (inalcanzable en otros colegios por su precio) y vocacional, como se llama en Kenia a la Formación Profesional. Pese a que un ministro inauguró el edificio costeado por la ONG española, el Gobierno se resiste a reconocer el centro, que funciona con un registro temporal. Pero lo importante, remarca el párroco Hernández, es que los estudiantes «crecen con otra mentalidad, sintiéndose dignos y convencidos de que puede haber futuro».
Ese horizonte vital lo da el aprendizaje y los guadalupanos celebran por todo lo alto, en junio, el Día de la Educación en Kibera. Este año sueñan con inaugurar una biblioteca, como un faro de esperanza cultural en un barrio donde el 40% de los niños no tiene oportunidad de ir al colegio y muchos otros acuden a escuelas informales, baratas pero deficientes. Su centro, en cambio, busca compaginar formación e inserción laboral, y las clases de peluquería, corte y confección, carpintería, albañilería, maquinaria industrial y computación han servido ya para conseguir más de doscientos empleos en año y medio.
Lilian Mukasie, 20 años, aspira a engrosar esa lista. La muerte de sus padres enfermos la obligó a dejar Secundaria, y no quiere desaprovechar ahora su oportunidad de ser peluquera. Aunque reconoce que «la vida en Kibera es muy barata y puedes ir tirando», su mirada desborda las fronteras del barrio. «Estoy estudiando duro para estar perfectamente preparada y poder salir fuera a trabajar», dice antes de asumir un curioso 'déficit' educativo para su sueño de conocer mundo: «Nuestro problema es que sólo podemos practicar con pelo africano».