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Martes, 16 de mayo de 2006
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DEPORTES
LA OPINIÓN
Controversia
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Algunas veces Clemente lleva razón. Los contratos deberían cumplirse, pero no parece que a un entrenador de fútbol pueda extrañarle que no siempre suceda. Se comprende que el presidente se tome su tiempo, que no quiera volver a equivocarse, que no se case con nadie. «No voy a casarme con alguien porque sea pobre», era un juego de palabras de Luciano Rincón. Sólo al presidente le corresponde decidir el dilema. Estará sopesando si los aficionados serían tan comprensivos con un Athletic en mitad de la tabla, es decir, sin emoción especial, y jugando como esta temporada. Clemente ya jugaba en la selección con defensas en el centro del campo. Podía elegir sin limitación porque había buenos jugadores en todos los puestos, pero él apostaba por los defensas centrales. Es un modo de entender el fútbol, y llegó a cuartos de final, tan lejos como ha llegado cualquier otro seleccionador. Pareció una paradoja, al principio, que un magnífico interior zurdo, bajito, muy técnico y con gran visión para el pase largo, sintiera como entrenador esa debilidad por los defensas fornidos y toscos, pero ya es una marca, un estilo. Los planteamientos (digamos) cautelosos parecieron también impropios de quien se ha pasado la vida peleando contra molinos de viento, viendo hechiceros enemigos suyos por todas partes, disparando a los pianistas de los más diversos salones, metiéndose en líos, no para aliviar de tensión a los muchachos, como dice una leyenda urbana sorprendentemente extendida, sino por semejanza con aquellos secundarios de John Ford, incapacitados para pasar de largo ante una buena pelea.

A unos les gusta más que a otros. Acaba de salir vencedor en una encuesta en la que los participantes votaban a la persona con quien más les gustaría tomarse una copa (supongo que se podía dar cualquier nombre, Nicole Kidman, por ejemplo). Y sin embargo, a otros, sólo pensar en esa conversación les pone dolor de cabeza.

En unas declaraciones que podrían interpretarse como un pulso a su jefe, ha dicho Clemente que no hay nada que pensar respecto del puesto de entrenador, y ha vuelto a recordar su palmarés, del que tiene razón en sentirse orgulloso. Fue un excelente jugador del Athletic, a quien le rompieron la pierna. Peleó admirablemente por volver. Sólo pudo hacerlo como entrenador, pero fue por la puerta grande. Ahora, muchos años después, le ficharon para sacar al equipo de los puestos de descenso, y el Athletic sigue en Primera. Hay quien piensa que gracias a él, y otros consideran que a pesar de sus alineaciones. Algunos aficionados creyeron que era el único capacitado para salvar al equipo, y otros temieron que fuera el candidato perfecto para lograr lo contrario.

Reconoce Clemente que en ocasiones ha sido desagradable con los jugadores, y le consta que algunos de ellos no son muy partidarios de que les siga dando la charla. No corrieron a abrazarle en el día de la salvación y ninguno se ha mostrado entusiasta de su continuidad, al menos públicamente. Sorprende, porque una de sus habilidades reconocidas fue su capacidad para ganarse la simpatía de los jugadores. A aquel equipo campeón consiguió insuflarle tal confianza en sus posibilidades, que lo llevó más lejos de lo que sus componentes podían imaginar. Tal vez su evolución posterior como entrenador pudiera interpretarse como añoranza de aquel equipo, y a los nuevos jugadores los mire con desconfianza comparativa, como esos maestros veteranos que están convencidos de que cada promoción es más torpe que la anterior, sin darse cuenta de que son ellos quienes se están volviendo melancólicos.



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