Un juez de Londres ha fallado que 'El Código Da Vinci', de Dan Brown, no es un plagio. El autor de esta novela, que ha vendido 40 millones de ejemplares, les ha ganado el pleito, entablado por supuesto plagio, a Michael Baigent y Richard Leigh, autores del libro 'El enigma sagrado'. Los académicos británicos acusaban a Dan Brown de haber plagiado 15 tesis centrales de su libro. En 'El enigma sagrado' sostienen que Jesucristo tuvo un hijo con María Magdalena y que sus descendientes viven todavía, un tema de su propiedad, junto con otros 14 más, recogido en 'El Código Da Vinci'. Aceptemos que este tema sea propiedad de Baigent y Leigh aunque se les olvidó decir que es una propiedad heredada: esta tesis de que Jesucristo tuvo un hijo con María Magdalena ya la cuenta el Evangelio de Felipe, un evangelio apócrifo y, por tanto, no admitido por la Iglesia, y que aquí publicó Editorial EDAF. Dan Brown reconoció que leyó 'El enigma sagrado' y de lo que no hay ninguna duda es de que, como es un buen lector, lo aprovechó bien: saqueó todo lo que le interesó pero tuvo el cuidado de no copiar literalmente y así se libró del riesgo de que luego se le olvidara poner las obligatorias comillas. Desde el punto de vista jurídico el juez ha reconocido que Dan Brown utilizó 'El enigma sagrado' para escribir ciertas partes de su obra, pero no lo copió sustancialmente. Este fallo del juez da vía libre al estreno de la película basada en la novela de Dan Brown, que ya es feliz porque nunca se sabe con qué pie se ha levantado ese día el jefe del tribunal y una mala noche de un juez puede ser catastrófica para cualquier ciudadano.
Aparquemos, pues, ya el tema jurídico y hagamos algunas precisiones sobre tres conceptos: saqueo, intertextualidad y plagio. Picasso declaró en una ocasión que todo arte es copia. Y hay que reconocer que aquel día estuvo especialmente lúcido. Comencemos por el saqueo y digamos de entrada que en literatura -lo mismo que en otras artes y en las más variadas actividades comerciales y, sobre todo, en las actividades bancarias, las saqueadoras por excelencia- sólo obtienen logros importantes los piratas sin entrañas. Los incautos que pretenden tener ideas propias y, por ignorancia y extrema pereza, renuncian a beneficiarse de las ideas ajenas, no pueden ir muy lejos. También hay que decir que hablar de saqueo -una voz que suena a sangrienta conquista de América- da la peor imagen. Por eso el vocablo saqueo se evita a toda costa.
Llegados a este punto, es el momento de dejar clara la diferencia entre un saqueador vulgar y un saqueador excelso. El primero, como su propia denominación declara, es casi un delincuente. El segundo -el saqueador excelso- es una persona que adora un modelo, lo contrasta con otros modelos, lo asimila, se inventa variaciones sobre el modelo y luego publica su obra. Todos los grandes creadores son de esta estirpe. Por eso les perdonamos que, en algunas ocasiones, con las prisas se les haya olvidado poner comillas en algunos textos ajenos insuficientemente trabajados.
Despachemos la intertextualidad de un plumazo. Según algunos lingüistas, el texto literario es una especie de hamburguesa de citas ajenas: a veces ni el propio escritor se da cuenta de que ha incorporado en su texto ideas ajenas.
Y ¿qué es, pues, el plagio? Parafraseando unos célebres versos de Bécquer, ahora que ha llegado la primavera, diremos que plagio eres tú, porque como primo o prima de chimpancé que eres, estás determinado genéticamente para imitar a personas, animales y cosas. Pero un plagio auténtico es, como bien ha dicho el juez británico que es, por otra parte, lo mismo que dice el Diccionario de la Real Academia Española, la copia en lo sustancial de obras ajenas y, cuando el autor, por una cabezadilla a destiempo, se ha olvidado de poner comillas.
En su magnífico artículo 'El plagio y la originalidad', recogido en el libro 'Lecciones de lingüística aplicada', Vicente García de Diego hace unas atinadísimas observaciones sobre el plagio. Dice García de Diego que hay en español una palabra, 'plagio', para el hecho raro de que alguien dé obra ajena como propia e incluso que dé por propia sólo alguna parte de una obra que escribió otro. Pero observaba García de Diego que no hay en español -y me imagino que tampoco en otros idiomas- una palabra para designar el caso normal, que es el de saquear ideas de otra persona. Podemos, pues, decir que no tenemos palabra para, como dice García de Diego, designar el plagio fragmentario. El plagio fragmentario -plagiar ideas ajenas- es general en literatura y en las demás artes y, por tanto, también en periodismo, que es un género literario. El plagio fragmentario -no condenado por la ley, como vemos en la sentencia del juez británico- se da también en tesis doctorales, artículos publicados en las más variadas revistas científicas y en todas las ramas del comercio.
Un modelo de saqueador insigne fue, por ejemplo, Petrarca. Adoraba a Virgilio y Cicerón y las obras de estos genios latinos fueron los modelos sobre los que calcó su espléndida obra. Luego, con los años, Petrarca se echó un poco a perder y dejó en un segundo plano las obras de Cicerón y Virgilio y se enamoró de la obra de San Agustín. A partir de ahí los delirios de Petrarca fueron, de día en día, de más grueso calibre. Su ejemplo nos demuestra hasta qué punto es importante acertar con los mejores modelos que no nos conduzcan a decir y hacer disparates. Acabo de sacar del despacho las 'Confesiones' de San Agustín, no sea que a mí también me contamine.