Cuando cae la noche, la mayoría de las veces no se lastima en su caída. Todo transcurre con naturalidad y advertimos que «el tiempo es una broma que se viste de luto cada día». A todos los que, entre todas las cosas que nos han aproximado a la felicidad, lo que más nos gusta es que se nos haga tarde, nos sorprende que los últimos estudios de la Organización Mundial de la Salud aseguren que los trabajos nocturnos aumenten el riesgo de sufrir infarto de miocardio. Creíamos que lo que aceleraba ese peligro era madrugar.
Está claro que la jornada laboral es algo que está íntimamente ligado con la salud. Hasta el punto de que no existe ningún tratamiento mejor que unas vacaciones, pero no podemos admitir que quienes trabajen de noche sufran cinco años -exactamente cinco, ni uno más ni uno menos- de envejecimiento prematuro. De ser cierto este cálculo, los antiguos serenos hubieran muerto de viejos en plena juventud. También los panaderos y no pocos periodistas. No digo que la actividad nocturna prolongue la vida: lo que digo es que la noche no está hecha sólo para descansar. Hay vigilias reparadoras y, sobre todo, hay gente a la que sólo le gusta descansar cuando se siente cansada.
Eso del reloj biológico depende mucho de la marca. Todos somos como los relojes antes de que se inventara el de cuarzo. Eso explica que haya personas que son como relojes buenos y por lo tanto funcionan bien; otras que son como relojes malos, que cumplen su obligación de funcionar mal, y otras existen que para mayor confusión son como relojes buenos que funcionan mal, y hay un último grupo formado por relojes malos que funcionan bien. Me abstengo de poner un ejemplo de cada una de estas variedades por no halagar ni molestar a nadie. La noche es joven, se suele decir. A algunos nos rejuvenece su compañía.