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Jueves, 18 de mayo de 2006
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FÚTBOL
La consagración del 'Ronie Team'
El Barcelona, gracias a la salida providencial de Larsson, da la vuelta en un suspiro a una final de la Champions que perdía ante un Arsenal diezmado
El Barcelona, el 'Ronnie Team' de Ronaldinho, se consagró anoche en el Stade de France al imponerse en la final de la Liga de Campeones por dos goles a uno al Arsenal de Thierry Henry en una final deslucida por la temprana expulsión del portero inglés y el pavor escénico de los catalanes. La entrada al campo en la recta final del sueco Henrik Larsson fue el revulsivo providencial, con dos asistencias mágicas en jugadas al fin por ambas bandas, para dar la vuelta en cuatro minutos a un partido que se escapaba ante un rival diezmado.

Hijo natural del 'Dream Team', el 'Ronie Team' también ha venido de París. Como la Copa de Europa, nacida hace medio siglo en la ciudad de dar a luz. La revolución de Johan Cruyff se consumó hace catorce años en Wembley con un 'Baskelona' en el que jugaron Zubizarreta, Bakero, Alexanko, Julio Salinas y Goikoetxea. La consagración de Frank Rijkaard, su alumno aventajado, se escenificó en la urbe de los enamorados... del fútbol. Hay una filiación espontánea entre ambos conjuntos campeones, una misma idea del juego, idéntica filosofía epicúrea del placer redondo. El mimo reverencial al balón, su circulación fluida, la triangulación hasta los límites de lo imposible. Con tozuda tendencia a porfiar por el centro, como ocurrió anoche en demasía.

La versión siglo XXI del 'Barçhampion' es la plenitud de los avances de la globalización. Capitaneado por un rey mago de Porto Alegre, foro de utopías altermundialistas, este equipo equilibra el delirio ofensivo de sus gloriosos ancestros con rigor defensivo y disciplina táctica. Es la pincelada milanesa 'made in Sacci' del discípulo en el fresco flamenco del magistral número 14. De esa obra maestra emerge deslumbrante la sonrisa de Ronaldinho, perdida hasta hace tres años por estos lares en el Paris Saint Germain de Luis Fernández.

El eterno niño prodigio

El eterno niño prodigio se había marchado por la calle de la amargura con una derrota en este estadio ante Auxerre en la final de la Copa francesa de 2003. En este mismo escenario perdió ese año con Brasil ante Camerún en la Copa de Confederaciones y al siguiente empató ante Francia. Por fin Ronaldinho vivió anoche la dicha de ganar en el Stade de France, marco de una final memorable por su intensidad, emoción y, sobre todo, desenlace.

Invicto en la Liga de Campeones desde hace quince meses, el Arsenal estuvo a punto de adjudicarse contrapronóstico su decimocuarto partido consecutivo sin perder. El mérito fue del trabajo de orfebre de Arsène Wenger, el más rentable mánager del fútbol global. Con una envidiable capacidad para la improvisación, readaptó su esquema a las circunstancias y mejoró la receta del odiado Mourinho para desmantelar durante un tiempo que se hizo eterno en el reloj catalán la unidad de inteligencia blaugrana.

El 'Arsèneal' fue de nuevo una apuesta inteligente por el juego de ataque y la defensa en bloque, la velocidad en las piernas y el sosiego mental, la posesión y el robo organizado. Con una columna vertebral eléctrica integrada por un impresionante Gilberto, un clarividente Fábregas y un centelleante Henry, estuvo a punto de noquear a un Barça desconocido a ratos por infidelidad a sus señas de identidad.

Expulsión

¿Gol o rival expulsado? Pregunta de máster para técnicos. El árbitro se inclinó por la tarjeta roja. Fue la jugada clave. Corría el minuto 18 y Lehmann agarró con la mano el tobillo de Eto'o. La pelota terminó en la red, pero Terje Hauge ya había pitado. El portero alemán, titular de la selección germana en detrimento de Kahn, se fue al vestuario con la marca de imbatibilidad europea izada en 763 minutos. Pobre consuelo. Ducha para el guardameta que había asegurado el billete a París con su paradón al penalti de Riquelme en Villarreal.

El lance acentuó las tendencias del duelo. Los cañoneros reforzaron su repliegue para jugárselo a la contra gracias a la velocidad meteórica de Henry y las aceleraciones de Hleb y Ljunberg. Este último fue el culpable involuntario del vuelco. Cargó al impotente Oleguer con una tarjeta en sus frecuentes escapadas y salió su compatriota Larsson. Cinco minutos después puso con un toque de seda toda la levedad de su ser en bandeja para Eto'o. Luego de cuatro minutos repitió una asistencia de ensueño sin mirar. Fue una cita a ciegas con el recién entrado Belleti. El gol de la consagración de un sueño, de un equipo, de algo más que un club. Del 'Ronie Team'.



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