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Viernes, 19 de mayo de 2006
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OPINIÓN
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'El Código Da Vinci', más allá de la ficción
En 1946 Rita Hayworth y Glenn Ford protagonizaron 'Gilda', una de las más recordadas películas de aquellos años. El sensual baile en el que Rita Hayworth se desprende de su guante blanco o la bofetada que un jovencísimo Glenn Ford le atesta a la actriz pertenecen a la historia del cine. Los censores de la época permitieron la proyección de la película en las salas de cine españolas, aunque su estreno estuvo envuelto en una gran polémica, al ser acusado por Acción Católica de frívolo e inmoral. Incluso en las calles del País Vasco aparecieron carteles que exhortaban a los católicos a no ver el filme. Pero en medio de la sórdida posguerra, esta campaña obtuvo justamente el efecto contrario, porque despertó la curiosidad de la población -sobre todo masculina- y 'Gilda' se convirtió en un éxito comercial.

Sesenta años después, el boicot a la película 'El Código Da Vinci' que algunos sectores de la Iglesia católica ya han anunciado es seguro que animará todavía aún más al público a asistir de forma masiva a los cines. De todas formas los 40 millones de ejemplares vendidos de la novela, que ha inspirado la película, auguran que las taquillas salten. Su estreno en Estados Unidos y España está previsto para hoy 19 de mayo.

El 'best seller' 'El Código Da Vinci', escrito por Dan Brown, es una novela policíaca, al más puro estilo comercial, cuyo argumento gira en torno al trillado misterio del 'Santo Grial', pero con la sorpresa de que esta vez no se trata de encontrar el cáliz de la cena del primer Jueves Santo. Eso sí, el protagonista es también una especie de Indiana Jones - aunque sin sombrero ni látigo- y que parece ir asimismo detrás de la chica. Tomando como referencias muy discutibles tradiciones gnósticas, y desde una interpretación muy particular del misterio que rodea al fresco 'La Última Cena' de Leonardo Da Vinci, se nos relata que 'Santo Grial' significa en realidad 'Sangre Real', que Jesús de Nazareth y María Magdalena contrajeron matrimonio y que su descendencia se convirtió, agárrense, en la dinastía merovingia de Francia.

Yo sí creo que la presencia de María Magdalena en la vida de Jesús y en la primera generación cristiana es digna de debate, y acepto que ha podido llegar a ser infravalorada en la tradición de la Iglesia católica. Al fin y al cabo, María Magdalena es el primer testigo de la resurrección de Jesús, según revelan los propios Evangelios canónicos. No obstante, es absolutamente desproporcionado sostener, como sí lo hace la novela de Brown, que la Iglesia católica quiso transformar a María Magdalena en prostituta, con el fin de desprestigiarla y contribuir a divinizar a Jesús de Nazareth.

Efectivamente la principal disputa teológica dentro del cristianismo, en sus primeros siglos, concierne a la naturaleza de Jesús. Pero frente a lo que 'El Código Da Vinci' defiende, en las primeras décadas del cristianismo la identificación de Jesús con Dios tiene ya lugar, tal y como viene recogido en el Nuevo Testamento o en escritos de los conocidos como Padres de la Iglesia. No es una invención del Concilio de Nicea (325) a propuesta del emperador Constantino y a tenor de sus intereses políticos, como Brown nos cuenta.

Los malos de la novela son, en esta ocasión, un ambicioso aristócrata y el Opus Dei. Este último viene representado por un redimido y confundido monje albino -algo imposible porque el Opus Dei no es una orden monástica-, que no para de mortificarse con un cilicio y que está decidido a asesinar a diestro y siniestro, con el objetivo de conseguir que el secreto de la 'Sangre Real' no sea desvelado. Se nos explica también que la Iglesia católica decide expulsar de su seno al Opus Dei -algo que no viene, por cierto, contemplado en el derecho canónico-, a cambio de devolverle el dinero que le ha donado.

En toda esta función, el Opus Dei es el peor parado, para variar. Es sometido a un continuo maltrato. Siempre he pensado que, en primer lugar en España, el Opus Dei es una de las instituciones de las que más se habla -casi siempre mal- y menos se conocen en realidad. 'El Código Da Vinci' es, en estos momentos, la mejor manifestación de este estereotipo.

Ya sé que 'El Código Da Vinci' es sólo una novela y, ahora también una película de ficción. Pero cuando la literatura o el cine crean argumentos en los que rebaten las convicciones religiosas de cientos de millones de personas es exigible, por lo menos, un poco de criterio. Y pienso, sinceramente, que 'El Código Da Vinci' carece de él por todos los costados. Una buena novela policíaca o de misterio con trasfondo histórico y hasta religioso es, por ejemplo, 'El nombre de la rosa', de Umberto Eco, que cuenta además con su versión cinematográfica, muy bien lograda.

Desde el éxito editorial de 'El Código Da Vinci', las estanterías de las librerías no han dejado de acumular ensayos centrados en explorar en los orígenes del cristianismo, la mayoría de las veces proponiendo interpretaciones contrarias a las postuladas por la Iglesia católica. El público se siente atraído por las hipótesis o las revelaciones que pudieran contradecir o, al menos, poner en tela de juicio las convicciones religiosas que han estado presentes durante dos mil años en Occidente y que han forjado, en buena medida, nuestra cultura. La misma 'National Geographic' ha querido aprovechar este creciente interés por los albores del cristianismo, y de ahí su reciente reportaje y número dedicado a 'El evangelio de Judas'. Si bien, en mi opinión, debe reconocerse que 'National Geographic' lo ha sabido tratar de manera más o menos rigurosa y sin dejarse llevar por el sensacionalismo imperante.

Sin embargo, la fe en Jesús no puede depender de descubrimientos de papiros que contengan evangelios olvidados o del análisis científico de lienzos que pudiesen envolver su cuerpo crucificado. La fe cristiana reside en las bienaventuranzas del Nazareno y en la esperanza de que podemos llegar a resucitar con él. Aún así, aunque la fe cristiana no se fundamenta en hallazgos arqueológicos, tampoco puede ignorarlos. Son muchos los interrogantes que se ciernen sobre la vida de Jesús o sobre el cristianismo primitivo y una buena parte de ellos, con toda seguridad, nunca podrán resolverse.

Como hemos apuntado, el cristianismo no contuvo un cuerpo doctrinal homogéneo en sus primeros tiempos. Enseguida aparecieron discrepancias de gran calado entre los seguidores de Jesús. El gnosticismo, base de la argumentación teológica de 'El Código Da Vinci', fue una corriente minoritaria, pero que sí se remonta a las primeras generaciones cristianas. El descubrimiento de la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi a mediados del siglo XX, en una cueva de Egipto, recoge documentos del siglo IV hasta entonces inéditos, entre los que cabe reseñar 'El evangelio de Tomás', cuyo original o parte del mismo pudiera ser anterior al Nuevo Testamento.

Pero en el gnosticismo se entremezclan corrientes filosóficas y esotéricas de origen pagano. Así, el mayor protagonismo que los textos gnósticos otorgan a María Magdalena como heredera del mensaje de Jesús puede, más que reflejar hechos históricos, atribuirse a una concepción esotérica de lo femenino como vehículo de transmisión del conocimiento. Y, por supuesto, es demasiado libre la interpretación en clave de matrimonio, contenida en 'El Código Da Vinci', de las alusiones a la relación entre Jesús y María Magdalena extraídas de la literatura gnóstica. Desde luego, 'el evangelio gnóstico de Felipe' no menciona que tuvieran un hijo, como ayer sí defendía en estas páginas Ramon Irigoyen. Novelar a la luz de la historia es siempre arriesgado y puede convertirse en un acto muy irresponsable cuando, además, se arremete contra las creencias religiosas de las personas, como ha ocurrido con 'El Código Da Vinci'. El decepcionante final de la novela desvela que, desde un inicio, el autor nos quiso sumergir en un pozo sin fondo. No conozco a nadie al que le haya gustado cómo termina la novela. A mí, básicamente, lo más claro que me queda es que el protagonista conquista a la chica. Podía haber empezado por ahí. Aunque a lo mejor la película nos ofrece otra cosa. Veremos.



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