El Correo Digital
Viernes, 19 de mayo de 2006
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Si para subirse al carro del vencedor hubiera que pagar billete, habría menos aglomeraciones. El meritorio y legítimo triunfo del Barça ante el Arsenal ha desbordado la alegría, que siempre es más ruidosa que la tristeza. Fueron, fuimos, más de doce millones de españoles los que lo presenciamos en el estadio vertical de la tele. Algunos más de los que suelen asistir a las controvertidas conversaciones sobre el Estatut, donde a Maragall le pitan siempre fuera de juego. El fútbol sí que es una realidad nacional e internacional. La auténtica globalización se ha conseguido con el balón, al que todos tratan a patadas, pero se ha transformado en la imagen de medio mapamundi.

Un millón y medio de estentóreos seguidores festejaron la conquista del título de Liga por el Barcelona, que es el equipo que mejor fútbol ha hecho, a distancia, de todos los clubes españoles, incluso de los que no son más que un club. ¿Cuántos se aprestan a destrozar Las Ramblas después de ganar la Champion? Ya se han registrado roturas de mobiliario urbano y asaltos a tiendas, pero eso es sólo el ensayo general. También se han contabilizado cuarenta y tantos heridos jubilosos y no se cuántas detenciones. Una manera feroz de alegrarse. Hay que tener en cuenta que los seguidores de cualquier equipo se subdividen en tres desiguales grupos: los que se congratulan, los salvajes y los aprovechados. Al último lo representó muy dignamente Zapatero, al que retrataron con la copa, en el sitio que correspondía a Puyol, o mejor a Belleti o a Eto'o, que fue el mejor de todos.

Habría que moderar las expresiones de regocijo, teniendo en cuenta que el resultado es inamovible. Borricos habrá siempre, que ya sabemos que contra las vocaciones fuertes no se puede luchar, pero eso que llamamos civilización consiste en el intento de reducir su número.



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