El Correo Digital
Viernes, 19 de mayo de 2006
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OPINIÓN
CARTAS AL DIRECTOR
El perdón
Ayer aparecían en distintos medios de comunicación las reacciones a las declaraciones del obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez. Varias de ellas iban en la línea de descalificar al obispo e incluso pedir su retirada de las responsabilidades que ocupa, caso de representantes del Foro de Ermua y de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Todo ello por unas palabras del prelado que hacían referencia a la necesidad de pedir perdón por parte de los terroristas y que, al ser recibido por las víctimas, éstas también puedan perdonar. Estas palabras han suscitado reacciones muy airadas en algunos sectores, que no entre todas las víctimas, ya que muchas de ellas han podido realizar el enorme esfuerzo de perdonar aunque nadie les haya pedido perdón.

Lo que deseo destacar es la coherencia evangélica de las palabras de nuestro obispo. ¿Es que él, como cristiano y pastor, puede dar otro mensaje que no sea el del perdón y la reconciliación? ¿Un seguidor de Jesucristo puede cerrarse al perdón? Dicho de modo más contundente, ¿es que el mensaje de la Iglesia puede dar pie a la venganza o al rencor? Cada persona ha de dar razón de sus convicciones, y habrá entre las víctimas quienes sienten imposibilidad de perdonar ante tanto dolor soportado. Nadie las juzga por ello, por lo menos no será la Iglesia la que les cause más sufrimiento, al contrario. Precisamente porque somos muy conscientes de lo que nos cuesta a todos perdonar, y mucho más cuando la razón, la inocencia y la justicia están de nuestra parte, es por lo que la semilla del perdón sólo puede germinar en una tierra abonada por la solidaridad, la cercanía y el apoyo a las víctimas, algo que Ricardo Blázquez ha realizado de forma inequívoca y generosa.

Es cierto que el ambiente sociopolítico está demasiado viciado por los intereses partidistas, y que cualquier palabra que en este marco se pronuncie será escudriñada conforme a la opción previamente adoptada, lo cual hace muy difícil prolongar la mirada hacia un futuro con confianza. Pero no cabe duda de que la palabra de la Iglesia de Jesucristo ha de ir en consonancia con su Evangelio, el cual ante la violencia proclama «bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9), y que en su propia muerte violenta e injusta pidió para sus verdugos el perdón. (Cfr. Lc 23,34). Nadie ha de sentirse herido por este llamamiento a la reconciliación, porque no es una exigencia colectiva. Cada persona deberá realizar ese recorrido de forma individual. Pero, como decía el obispo, el perdón se ofrece cuando se ha solicitado. El primer paso lo debe dar quien ha sido el causante del sufrimiento, porque sólo cuando se pide perdón con autenticidad se puede esperar recibirlo con generosidad. Que nunca los cristianos dejemos de vivir con coherencia este don de la fe que es la experiencia del perdón, porque si permitimos que el corazón se esclerotice, la esperanza de paz y reconciliación se convertirá en quimera.



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