-¿Siente nostalgia del público que le veía en 'La Mandrágora'?
-Eran un poco snob Un reducto culto en un mundo lleno de movidas alaskopegamoides. Mucho intelectual, gente de 'El País' Yo tampoco quería eso. Es más, en cuanto pude me puse una batería detrás y agarré una guitarra eléctrica. Fue hermoso mientras duró.
-¿Sería feliz sin público, sin giras?
-He estado cuatro años con una fobia muy seria al público y a las entrevistas, a cualquier lado mío que fuera público. En esta última gira me curé, pero durante años pensé que haría discos sin volver a subirme a un escenario.
-Envidia a Javier Krahe, que vive de concierto en concierto.
-Es un hombre feliz, que tiene muy claros cuáles son sus objetivos en la vida. Tiene un circuito irreductible de lugares donde es muy amado, y cada año pasa por ellos un par de veces. Envidio sobre todo su talento.
-Pero a los ojos del público no es un triunfador como usted.
-A él no le importa. Y a mí tampoco.
-Antes se veía de profesor de instituto en Úbeda.
-Eso pensaba de joven. Ahora ya no lo sé, porque en este otro oficio que me vino por casualidad he sido muy feliz. Y también muy desgraciado. Con una vida tan excitante, no sé si me hubiera valido ser profesor de instituto. Pero realmente era mi plan.
-Ahora casi resulta más peligroso que ser rockero
- Yo hubiera puesto una foto de Machado en el aula. Por cierto, para él sí que fue peligroso.