T engo que aclarar que sólo en una ocasión he asistido, en mis tiempos universitarios, a un partido del Alavés para realizar un trabajo en relación al 'Lenguaje en el fútbol'. Sí, en cambio, puedo vivir todo lo relacionado con este equipo a través de mi entorno laboral muy cercano. Por ello, no seré yo quien analice una temporada que ha llevado a la Segunda División a este equipo, ni quien le diga a Piterman cómo y de qué manera tiene que llevar una sociedad anónima deportiva que le pertenece de forma mayoritaria. Pero sí transmitirle lo que me ha herido profundamente como vitoriano, lo que me abochorna como persona, aún a sabiendas de que nada de lo que le diga nadie va a servir para modificar sus formas.
El error del presidente-entrenador-preparador físico es no querer darse cuenta de que gestiona y dirige una empresa que conlleva sentimientos, pasiones, cohesión social, identidades asociadas, y que si uno no quiere vivir 'en' y 'la' ciudad, es muy difícil entender que el Alavés es mucho más que una empresa a la que se le pueden asociar franquicias y que va mucho más lejos que los resultados. Es cerrar lo ojos y los oídos a lo que simboliza 'ese payaso-muñeco' que llamamos Celedón y que hace el milagro de cohesionar nuestra plural sociedad vitoriana, propiciando, aunque sea por unos días, adhesiones inquebrantables. Para un 'ausente' es difícil entender lo que significa ese mito y ese sencillo rito y lo que simboliza para cada una de las personas que amamos lo nuestro y respetamos lo de los demás.
No seré yo quien anime a que se le designe 'persona non grata', a que se le expulse de la ciudad o a que deje de liderar su mayoría empresarial, pero sí me ofrezco a explicarle gratuitamente y con todo lujo de detalles y la buena metodología pedagógica que aún me queda, como vitoriano, antropólogo y gestor cultural, qué significan los mitos y los ritos de una sociedad a la que desprecia e insulta. Mitos y ritos que sirven para cohesionarnos, para apoyar la construcción social, al igual que lo hacen el Alavés, sus colores, el himno de Donnay o el estadio de Mendizorrotza, propiedad de todos y cada uno de los vitorianos.