Los caminos de Larrabetzu Mikel Artetxe nos conduce por las carreteras que atraviesan el valle del Txorierri y miran hacia Bilbao J. GÓMEZ PEÑA j.g.pena@diario-elcorreo.com/BILBAO  NATURALEZA. Mikel Artetxe y el periodista Jesús Gómez Peña pasan junto a un prado con varios caballos. / BORJA AGUDO | | Imprimir Enviar | | | MARCHAS | Ermuko T. E: Clásica Federico Martín Bahamontes, el domingo a partir de las 8.30 horas. 121 kilómetros. Kanpazar, Areitio, Trabakua, Ixua y Osma.
Iurreta T. E: mañana, a las 8.00 y 128 kilómetros. El domingo, a las 8.30 y 93 kilómetros.
S. C. Barakaldesa: mañana, a las 9.00 y 90 kilómetros. Bilbao, Galdakao, Arostegieta, Igorre.
S. C. Punta Galea: mañana, a las 8.25 y 115 kilómetros. Asua, Durango, Urkiola, Dima, Erletxe. El domingo, a las 8.25 y 90 kilómetros. alto de Unbe, Rigoitia, Gernika, alto de Gerekiz.
Zalla T. E: el domingo, a las 9.00 y 112 kilómetros. San Cosme. Artziniegako Zikloturista.
S. C. Langraiz: el domingo, a las 9.00. Manclares, Berantevilla, Ventas Armentia, Puerto Vitoria.
S. D. C. Foronda: el domingo, a las 9.00 y 96 kilómetros. Murgia, Altube, Barrerilla, La Piedad, Aiurdin.
S. C. Ariznavarra: el domingo, a las 8.30 y 81 kilómetros. Maeztu, alto de Iturrieta, Agurain, Landa. | |
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La Iglesia de San Emeterio y Celedonio de Goikolexea, un barrio de Larrabetzu, es paso obligatorio. De las rutas jacobeas, de las rutas juraderas de los antiguos reyes de Castilla y, claro, de las rutas cicloturistas. Un imán para peregrinos. A pie o sobre ruedas. Espero a Mikel Artetxe junto a las seguras vigas de roble del pórtico. Llega con su ropa recién estrenada del equipo 3 Molinos Resort. «Hoy vamos por mi zona, el Txorierri, el valle de los pájaros», me dice. La semántica del nombre casa con uno de sus usos: el aeropuerto. Aves de metal. Hasta la terminal tiene tinte ornitológico: se llama 'La Paloma'. A volar. A rodar.
Larrabetzu es un pueblo con genética ciclista. Aquí brotó Jesús Loroño, el mito vizcaíno. «Y también Benigno Aspuru», me recuerda Artetxe. Aspuru, de cuando el ciclismo se vestía con los colores del Kas, el Cil-Indauchu o el Boxing Club. Artetxe es la última rama de ese árbol. «El pasado domingo organizamos aquí el Campeonato de Vizcaya y sólo salieron 39 corredores». Hay que replantar la cantera. Amenaza sequía. Mikel Artetxe creció en la Sociedad Ciclista Txori-erri, en tiempos de abundancia. Hoy le sigo por ese paisaje de su infancia. Por la ruta de su memoria.
Partimos hacia Lezama y Zamudio. «Nos metemos por el Parque Tecnológico». Buena elección. El tráfico no molesta. «Hay gente que viene de noche a entrenarse por aquí. Como hay farolas, se puede andar». Eso, me cuenta Artetxe, es habitual en países como Holanda y Bélgica. «Allí, los especialistas en ciclocross, por ejemplo, van de noche a los polígonos industriales iluminados». Hoy no hace falta. Al día le sobra luz. El mercurio tiene dígitos de verano: 26 grados. Asaltamos los dos primeros kilómetros del alto de Unbe, los más duros, y torcemos hacia el campus de Leioa de la UPV. Pedaleamos sin las cadenas del reloj o el pulsómetro. «Hoy toca cicloturismo».
El Txorierri es como una larga trinchera, una flecha hacia el mar. Topamos con los coches camino de Ereaga y también por la carretera de la Ría. Rugen los camiones por Asua. Para alejarse del grillete del tráfico hay que huir hacia arriba. Tirarse al monte. Vamos a subir la escalera que lleva al cielo de Bilbao. Antes hay que regresar a Larrabetzu y bajar a Erletxe. Nos espera El Vivero. La primera rampa alcanza el 14 por ciento. Me pilla animado. Artetxe me frena. Luego se lo agradezco. El de hoy no es uno de mis mejores días. Escalamos por un reino para la clorofila. Verde. El último de los cinco kilómetros de la subida tiene un 8 por ciento de media. Me obliga a atornillar los pedales. Artexe, mientras, se asoma a los balcones desde donde aparecen los tentáculos del Gran Bilbao. Lejos de su manantial de ruidos y prisas. El Vivero es un remanso, un meandro de asfalto. «Mira qué campo de golf han hecho aquí». Está en la cima. Entre hoyos. En el golf, seguro, se suda menos.
El 'Cinturón de Hierro'
El descenso no es inmediato. Tras las cunetas asoman nidos de mesas y bancos que aguardan a los bilbaínos de fin de semana. «Por aquí hay búnkers y trincheras del Cinturón de Hierro». De eso sabe Artetxe. Vive en Gastelu, un barrio alto de Larrabetzu. «Allí tenemos también trincheras de hormigón». Y hacia allí regresamos. Sobre la cresta del El Vivero y precipitándonos por Santo Domingo. De nuevo hacia Larrabetzu, pespunteando el Txorierri con nuestros pedales. Un camión prolonga su bocina y nos afila el maillot. Le molesta que vayamos en paralelo. No sabe o no quiere saber que los ciclistas pueden ir así, a dúo. Artetxe le dedica un saludo con picante. Es la guerra diaria. Estamos en un valle guerrero. Cada uno en su trinchera.
Ya en Larrabetzu, a la ruta sólo le resta subir y bajar el alto de Morga: cuatro kilómetros al 5,7 por ciento de desnivel. Un clásico del cicloturismo vizcaíno. El domingo anterior, Artetxe y yo ya habíamos coincidido allí en la marcha dedicada a Fernando Astorki. Abajo, de vuelta a Goikolexea, nos aguarda una Coca-cola en el bar de la plaza, junto a las vigas de la vieja iglesia. Charlamos de la historia del pueblo, del florecimiento de hileras de viviendas que domestican el paisaje del Txorierri y de su cercano regreso a la competición. «Ojalá pueda correr ya la Euskal Bizikleta». Un peregrino, con la concha jacobea a la espalda, nos pregunta por un lugar para comer y continúa su ruta hacia la Basílica de Begoña. Acaba de ingresar en el Txorierri.
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