Italia es hasta ahora el único de los grandes aliados de Estados Unidos en la guerra de Irak que no ha sufrido un gran atentado en su territorio. Al contrario que España y Gran Bretaña, los italianos sólo han sufrido el miedo a que ocurriera algún día, pero por lo demás han pagado su propio precio, en forma de ataques a sus soldados y con los angustiosos secuestros de compatriotas. En total, un balance de 30 muertos, incluidos accidentes, más cuatro asesinatos de rehenes. El último fallecido es de este mes, un militar que había sido herido en el ataque del 27 de abril, donde murieron tres compañeros.
Todo ello ha tenido lugar en medio de una alta oposición popular a la guerra, un 70% según las encuestas, que colocaba a los italianos, junto a los españoles, entre los más contrarios del mundo a la contienda. No obstante, a la hora de votar hace un mes el asunto de Irak desapareció de la campaña y no ha tenido la menor incidencia. Es verdad que lo peor había pasado hace tiempo, pero también hay que reconocer que Berlusconi se movió muy bien en la crisis de Irak y la oposición ha sido tibia, por no querer pasar por desconsiderada con las víctimas: no parecía que Italia estuviera en una guerra, y sólo los muertos lo recordaban, como desgraciados accidentes.
'Il Cavaliere' se comportó de forma ambigua, permitiendo a Washington el uso de sus bases y arsenales en suelo italiano, pero afirmando su neutralidad. Para EE UU era una ayuda suficiente y en realidad esencial, pues estas instalaciones son un punto decisivo en su estrategia militar. Aunque no salió en la foto de las Azores, Berlusconi jugó en la sombra y añadió Italia a la lista de aliados de Bush. Luego, en junio de 2003 y ya en la teórica posguerra, se sumó a la operación presentándola como «misión humanitaria». Partieron entonces 3.500 soldados, que establecieron su base en Nassiriya, al sur del país. Este nombre, en principio un lugar tranquilo, se hizo pronto tristemente familiar en noviembre cuando un ataque suicida causó 19 muertos, entre ellos dos civiles. Paradójicamente, la reacción popular a esta tragedia sólo fue de dolor y solidaridad con las fuerzas armadas, pero apenas hubo protestas contra la guerra.
Lenta retirada
La tortura psicológica comenzó en 2004, con una serie de secuestros, y sus correspondientes entregas de vídeos macabros, que pusieron a prueba la resistencia del Gobierno y causaron un total desconcierto entre la población. Fueron dramas seguidos con el corazón en un puño hasta sus desenlaces. Los cuatro agentes de seguridad, uno de ellos asesinado, que fueron liberados por las tropas de la coalición. Las 'dos Simonas', dos cooperantes que trabajaban con la población iraquí, y por último, en 2005, la periodista Giuliana Sgrena, cuya entrega culminó trágicamente con la muerte de Nicola Calipari, agente italiano, por disparos estadounidenses. Fueron días de terror y emoción en los aeropuertos, cuando los rehenes regresaban sanos y salvos. Otros fueron asesinados sin contemplaciones, como el reportero Enzo Baldoni. Los italianos lo han vivido con sentido del sacrificio, compasión y sentimiento, pero el sentido crítico inicial quedó anestesiado por las emociones y un cierto sentido de lealtad por el compromiso asumido. De forma paralela, Berlusconi inició en 2005 una lenta retirada. Ya sólo quedan en Irak 1.500 soldados.