«Bilbao era todo para él. No se imaginaba un lugar mejor en el que vivir», evocaba ayer Iñaki de la Sota. Miles de anécdotas cobraban vida en su memoria al escuchar el nombre de su padre, Alejandro. «Tenía un ritual: acudía temprano a la iglesia y se compraba el periódico, que siempre llamaba El Pueblo Vasco, para leerlo mientras desayunaba. Luego, se iba andando desde la Gran Vía hasta la Editorial Vasca, en la calle Banco de España pero, por el camino, siempre se paraba unas ochenta veces a saludar a la gente», recuerda. Todos le conocían.
El paso del tiempo, sin embargo, cubre de niebla la huella de aquellos personajes que ocuparon un lugar destacado en la cultura de la capital vizcaína. Con el objetivo de recuperar la de este enamorado de su villa natal, la Fundación Bilbao 700 presentó ayer un libro en homenaje a su figura, la de un «botxero que rezumaba bilbainísmo por los cuatro costados», describió el alcalde, Iñaki Azkuna.
Bajo el título 'Alejandro de la Sota. Un dandy bilbaíno', su autora, la historiadora María Jesús Cava, ha recopilado no sólo su herencia literaria, sino también ese carácter entre «pícaro y bonachón» que le caracterizó a lo largo de sus 74 años de vida (1891-1965). Amante de la buena mesa y devoto de la Amatxu de Begoña, el Athletic y el circo, los tópicos estaban grabados a fuego en su corazón. Más aún si se hablaba de toros. ¿Manzzantini, Guerrita, Reverte! «Vosotros sois demasiado chiquitos para ir», mediaba la madre, Fuensanta. «Mamá, es que Manzzantini es de Elgoibar!», replicaba un joven Alejandro. De esta forma logró hacerse con el consentimiento para presenciar su primera corrida de astados.
En el exilio
Las inquietudes literarias fueron, no obstante, su mayor vocación. Nada más terminar sus estudios en Bilbao, se trasladó a Londres. Allí, se matriculó en la Universidad de Oxford e inició su andadura como colaborador de la revista 'Hermes', proyecto de 1917, cuando Alejandro contaba tan sólo 26 años. Cultivó sus amistades con exquisito cuidado. Elegante, muy a lo 'british', todo lo que leía y escribía era poco para él. De hecho, fue en la prensa donde dejó sus testimonios más personales a base de pinceladas costumbristas con sabor 'sietecallero'.
Divagó sobre todo ese mundo irrecuperable, en el que convivían unamunianos, mercerías, bisuterías y chatarrerías, así como las famosas chirenadas que acababan en parrandas nocturnas. Una ciudad de la que acabaría inevitablemente formando parte. Y es que, un cantón de las Siete Calles lleva hoy su nombre, entre Tendería y Somera.
Una vez en casa, la Guerra Civil y la posguerra marcarían un antes y un después en su vida. El exilio le llevó, entre otros lugares, por Francia, Santander y Madrid. Fue entonces cuando sintió uno de sus mayores dolores: no poder pisar Bilbao. Su ansiado regreso fue para siempre. Nada pudo borrar la personalidad arraigada de aquel 'botxero' del txakoli y la merluza frita que enarbolaba con desparpajo una de sus frases favoritas: 'Biribilketa forever'. Como no, al más puro estilo 'dandy'.