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Domingo, 21 de mayo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
La secesión de Montenegro
En cierta forma, el final de la Guerra Fría sentenció el destino de Yugoslavia, cuya unidad e integridad habían sido hasta entonces uno de los ejes fundamentales del equilibrio de bloques en Europa. Desaparecida la URSS, la ruptura de la Federación dejó de ser un problema para el orden mundial. Pero sí podía serlo, y así fue, el retorno de un conflicto bélico al continente tras casi medio siglo de paz. La lamentable participación, a lo largo de 1991, de políticos y empresarios alemanes en la crisis yugoslava fue una realidad, animando a la secesión de las tres repúblicas occidentales y presionando a sus socios en la CEE para reconocer la nueva situación geoestratégica en la que Serbia debía ser aislada internacionalmente. Quince años después del inicio de la desmembración yugoslava y de las guerras de los Balcanes, la única república que permanece unida a Serbia, Montenegro, celebra hoy, 21 de mayo, un referéndum secesionista bendecido y organizado por la UE que puede hacer desaparecer definitivamente el antiguo país de Josip Broz Tito.

La Ley del Referéndum del Parlamento montenegrino (pro referéndum), aprobada después de que las formaciones coaligadas en el Gobierno independentista accedieran a las exigencias de la UE (Comisión de Venecia) de que el más que previsible resultado favorable a la independencia sólo puede ser validado con los votos de al menos el 55% de los que acudan a votar, especifica que los electores deben responder 'sí' o 'no' a la siguiente pregunta: '¿Quiere usted que Montenegro sea un Estado independiente con una total legitimidad internacional y legal?'. Las últimas encuestas señalan que, de los 465.000 electores, un 42% es favorable a la independencia, un 32% se manifiesta contra ella y los indecisos son aproximadamente un 26%. Al primer ministro de Montenegro, Milo Djukanovic, no le gustan estas condiciones que le impone la UE, le parecen injustas porque ponen demasiadas trabas a la independencia, y opina que debería bastar con que el 51% de los votantes lo decidiera. A pesar de ello, las aceptó porque espera obtener la victoria, porque sabe que muchos de sus conciudadanos piensan que la secesión acelerará su incorporación a la Unión y mejorará su nivel de vida y porque presenta como credenciales los avances logrados durante estos años, en los que Montenegro ha disfrutado de una independencia de facto, con su distinta moneda (el euro) y su sistema aduanero propio. Los que abogan por mantenerse unidos a Serbia esperan que participe menos del 50% del electorado, o que el sí sea inferior al 55%.

Las autoridades de Montenegro desean que la república restablezca el estatuto de Estado independiente que le fue reconocido internacionalmente en el Congreso de Berlín, en 1878. Tras la Primera Guerra Mundial, este pequeño Estado pasó a formar parte del Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos, que luego cambió el nombre en Reino de Yugoslavia. Después de la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento del régimen comunista, Yugoslavia fue transformada en una federación de seis repúblicas. Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia proclamaron en 1991 y 1992 su independencia de ese Estado, mientras Serbia y Montenegro permanecían juntas en la República Federal de Yugoslavia. En 1997, el primer ministro montenegrino, Milo Djukanovic, rompió con su mentor, el entonces presidente serbio y luego yugoslavo, Slobodan Milosevic, y lanzó una política de distanciamiento político y económico de Serbia (igualdad dentro de la Federación, salto a un sistema de plena economía de mercado y solución de los desencuentros con Occidente).

El secesionismo soterrado de Milo Djukanovic y Filip Vujanovic se expresó sin tapujos después de la intervención militar de la OTAN contra Serbia en la primavera de 1999 a causa de la represión masiva de los albaneses de Kosovo y al abrigo de la creciente protesta de la oposición nacional serbia contra el régimen de Milosevic. Después del derrocamiento de éste en la insurrección popular serbia del 5 de octubre de 2000, se abrió una difícil etapa de entendimiento con las nuevas autoridades de Belgrado. Djukanovic apostó por legitimar sus planteamientos en las urnas y concibió las elecciones legislativas anticipadas del 22 de abril de 2001 como la antesala del referéndum. A la par, Filip Vujanovic participó en las rondas de discusión que tuvieron como mediador al alto representante de la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE, Javier Solana, y que terminaron el 14 de marzo en un 'acuerdo de principios' para la continuidad del Estado serbo-montenegrino sobre bases prácticamente confederales, ratificadas con la Carta Constitucional de Serbia y Montenegro, aprobada por sendas asambleas en Belgrado y Podgorica (27 y 29 de enero de 2003, respectivamente) y por la Asamblea Federal el 4 de febrero, momento en el que nació el nuevo Estado serbo-montenegrino. Desde entonces, Serbia y Montenegro poseen dos tribunales supremos, dos bancos centrales, dos sistemas monetarios (euro y dinar) y dos sistemas de aduanas.

La UE intentó durante varios años abortar el creciente movimiento separatista con el convincente argumento de que nuevas fronteras podrían poner en peligro la delicada y frágil estabilidad de los Balcanes y provocar un nuevo despertar del nacionalismo serbio. Lo que para la Unión fue el reto de frenar la fragmentación balcánica, promoviendo una política común para la misma, fomentando continuas negociaciones y condicionando la integración en Europa a la renuncia al secesionismo, en cierta medida se ha roto con la organización del referéndum en Montenegro. El interés de la UE por mantener la unión entre Serbia y Montenegro para evitar nuevos precedentes secesionistas ha pasado a mejor vida y renace el riesgo de desestabilización en la región de los Balcanes. Y ello es así porque Kosovo, provincia serbia con un 90% de población albanesa y bajo tutela de la ONU desde 1999, está muy pendiente del referéndum montenegrino y sueña con celebrar el suyo para independizarse de Serbia en 2007. Y no olvidemos la frágil Confederación de Bosnia-Herzegovina, donde la República Serbia de Bosnia y la Federación Croata-Musulmana se distancian cada vez más y no tardarán en plantear su separación; ni la provincia independiente de Voivodina en Croacia; ni tampoco a la mayoría musulmana de la provincia de Sandzak al sur de Serbia y sus deseos de pasar a Bosnia-Herzegovina; ni los enfrentamientos bélicos de kosovares con tropas gubernamentales en el norte de Macedonia; ni las declaraciones del líder del partido serbio ultranacionalista, Tomislav Nikolic, advirtiendo a los independentistas montenegrinos de que los serbios formarán sus propias regiones autónomas dentro de Montenegro si se produce la separación de Serbia.

Todo este proceso y algarabía reivindicativa da la sensación de fomentar, al margen del resultado del próximo referéndum, una progresiva y permanente desestabilización de la zona más sensible de la Europa del siglo XXI. Si ello es así volverán los muertos a cubrir la tierra que les vio nacer, mientras los exegetas de lo 'nuevo asentado en derechos inmemoriales' justifican estupideces trágicas y siembran de miseria y muerte otra nueva generación. Cuando el rumano Emile Cioran se definía como alguien «devorado por la nostalgia del paraíso sin haber conocido un solo acceso de fe verdadera», obviamente pensaba en sí mismo. Sin embargo, el significado de este aforismo define con claridad a la bestia nacionalista que está devorando los Balcanes.



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