El domingo pasado el lehendakari Ibarretxe publicó un artículo titulado «¿Adónde nos quieren llevar?». Partiendo de los recursos contra determinados aspectos del Concierto Económico presentados por comunidades limítrofes, Ibarretxe acusaba a PSOE y PP de defender el autogobierno vasco sólo de boquilla, al permitir e incluso alentar iniciativas judiciales contra nuestro autogobierno. En este contexto, se preguntaba: «¿Acaso hemos de interpretar que para poder tomar decisiones hemos de ser un Estado y que si no lo somos no tenemos derechos ni autogobierno? ¿Adónde nos quieren llevar?».
Desasosiega escuchar tal pregunta de boca de quien tiene la alta responsabilidad de conducir los destinos de este país. Uno lo escucha y de inmediato le viene a la mente la imagen de un conductor despistado, a quien le ha abandonado su GPS; o peor aún, la de un chófer que ha perdido el control de su vehículo y a quien la inercia o la presión de otros conductores obligan a circular sin rumbo.
Pero si por algo se ha caracterizado Ibarretxe ha sido por tener muy clara la dirección que quería imprimir a su política de gobierno: una dirección soberanista, hasta el punto de que pasará a la historia como el presidente que acabó con una de las tradiciones políticas más inteligentes y ricas del PNV, cual es la de distinguir con claridad entre partido y gobierno. Sin ir más lejos, el viernes pasado afirmaba en la Cámara de Vitoria su convicción de que, al igual que lo está haciendo en estos momentos Montenegro, Euskadi decidirá algún día su futuro. «No tenga ninguna duda, así lo haremos», subrayó desde la tribuna del Parlamento al responder a María San Gil. ¿Caray con el conductor despistado!
El argumento del «yo no quería, pero no me han dejado otro camino» resulta una falacia en boca de Ibarretxe. El nacionalismo, todo nacionalismo, sabe bien adónde quiere dirigirse. Cría nacionalistas y te montarán referendums de autodeterminación. (Esto ahora: antes lo que montaban eran guerras de independencia). No es este el problema. Quiero decir: sin duda es un grave problema político para una sociedad como la vasca, donde resulta imposible trazar con alguna nitidez fronteras étnicas, religiosas o culturales. Pero no caigamos en paranoias como las que se desprenden de análisis como los que viene haciendo al respecto Jaime Mayor Oreja.
El péndulo patriótico, propio no sólo del PNV, sino del nacionalismo democrático, tiene que ver con decisiones estratégicas, con cuestiones de oportunidad política y cálculo electoral; pero también, y sobre todo, con el hecho de que hemos permitido que exista un amplísimo espacio para su oscilación. Esto tiene que ver no con la calculada indefinición del nacionalismo, sino con la indefinición no reflexionada del no nacionalismo, incapaz de acotar con cierta claridad los límites del nacionalismo. Este debería ser el objetivo de quienes no consideramos ni bueno ni útil ser nacionalistas. ¿Aclarará algo hoy Rodríguez Zapatero?
Mientras tanto, la pregunta que de verdad nos interesa es otra: ¿Adónde nos quiere llevar usted? Incluso que hay muchos de los suyos que le agradecerían enormemente una respuesta clara.