Fíjense, si no, que hasta sus más recónditos políticos pueden combinar sin cereza ni angostura y en diferentes territorios la defensa de la vecindad ilicitana para La Dama de Elche, con la negativa a lo Fuenteovejuna por el envío a Cataluña de los papeles de Salamanca y hasta con la pasión reivindicadora de la venida del 'Guernica' no se sabe si al Bilbao del Guggenheim o al Bilbao de Ucelay y Manuel De Irujo. Además, siempre que uno del Partido Popular haya dicho digo, también puede surgir luego otro para que diga Diego. De hecho, no está lejos en la memoria ni la negativa al traslado del 'Guernica' de los chicos de Miguel Ángel Cortés y del clan de Valladolid en el Congreso de los Diputados, ni la rigurosa defensa de los argumentos técnicos contra su salida de Madrid que hizo en la legislatura pasada un representante de ese partido en las Juntas Generales de Vizcaya.
Un rocambole chistoso, ya digo, por mucho que se aleguen ahora las necesidades de la política territorial, las circunstancias cambiantes en el ámbito de la conservación o el descubrimiento del misticismo axilar del gran Manitú. Y es que, señores del PP, una cosa es el reconocimiento del error propio o la adaptación de la labor política al cambio de las demandas sociales, y otra bien distinta hacer el indio vestido con pipa, plumaje y pinturas de guerra.
¿Qué se puede hacer para fomentar la lectura en una sociedad donde más de la mitad de sus ciudadanos declara no haber leído ni siquiera un solo libro en los últimos doce meses? Pues aplicar la vieja sentencia de toda la vida: si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Esa es, al menos, la filosofía de una nueva estrategia puesta en marcha por los magos de la mercadotecnia editorial en Estados Unidos, cuya plasmación práctica consiste en llevar los libros y sus autores allí donde están los lectores potenciales, es decir, a las oficinas, a los centros de trabajo y a las dependencias de la Administración Pública.
De hecho, algunas grandes corporaciones como Microsoft, Boeing y Google o ciertos órganos federales como el Departamento del Tesoro ya han recibido la visita de numerosos autores que leen y comentan sus libros ante los trabajadores y funcionarios, lo cual no sólo parece haber producido un cierto aumento del hábito lector en esas audiencias, sino también algunos beneficiosos efectos en su sensibilidad creativa.
Obviamente, la idea no ha llegado a España, ya que por el momento aquí se sigue confiando en unas campañas diseñadas desde los poderes públicos que fracasan legislatura tras legislatura, olvidando que lo importante es la educación lectora y cultural como proyecto de Estado desde la infancia. Además, para qué vamos a engañarnos, aquí el tiempo libre de la oficina no es para la cultura, sino para el cafelito y la quiniela. ¿País!