El oficio de sereno obligaba a sobrellevar largos ratos de calma chicha, patrullando calles que parecían muertas, a la vez que se mantenía la capacidad de respuesta ante la llamada del deber o el sobresalto de una emergencia. A las cuatro y media de la madrugada del 21 de mayo de 1919, a Julián Fernández y Leandro Rodríguez se les presentó lo inesperado en forma de humareda: la Alhóndiga de Bilbao ardía, y ardía mucho, a juzgar por el nubarrón que envolvía ya la segunda planta. Los vigilantes nocturnos dieron la voz de alarma y desencadenaron cuatro jornadas de locura, que tuvieron en vilo a la sociedad bilbaína.
El peculiar edificio de la Alhóndiga, inaugurado diez años antes, servía de almacén para todas las mercancías que devengaban impuestos municipales, pero también acogía las fábricas de licores de la villa, un sector al que no conviene acercar una llama. El inmueble estaba repleto de vinos, aceites, licores, alcoholes, esencias y productos de droguería, hasta un importe estimado de 30 millones de pesetas, y el fuego se propagaba con voracidad entre tanta sustancia inflamable. Según recogía 'El Noticiero Bilbaíno', el incendio había comenzado en el depósito del droguero Demetrio Montejo y pronto se había hecho fuerte a base de alcohol. De vez en cuando, se escuchaba el violento estallido de toneles, bidones y tinajas.
Mantecas y tocinos
Acudieron bomberos, almacenistas y empleados, que «rivalizaron temerariamente para contribuir a los trabajos». Los empresarios rogaron al Ayuntamiento que les permitiese entrar para rescatar su género, pero la situación no invitaba a tales heroísmos patrimoniales: a las 14.00 horas, aunque se había concentrado todo el suministro de agua en las labores de extinción, el fuego continuaba y las torretas del lado de Fernández del Campo amenazaban con venirse abajo. A las 20.45, se permitió pasar a los comerciantes del sótano, la planta baja y el primer piso, que se apresuraron a sacar su tesoro de barricas y fardos. Algunos se aplicaron también a hacer las cuentas de sus pérdidas, desde las 20.000 pesetas en mantecas y tocino de los señores Villa y Mata hasta las 200.000 de Ugarte, Bárcena y Aguirre, mercaderes en licores, vinos y alcoholes.
Para entonces, el incendio de la Alhóndiga ya se había cobrado su única víctima mortal. A media tarde, unos cascotes de hormigón desprendidos de la estructura rompieron la base del cráneo al cabo de bomberos Alejandro Arechavala, que dejó viuda y cinco hijos. Los periódicos publicaban las listas de heridos que habían recibido asistencia en los distintos dispensarios y, en la base de la página, insertaban los oportunos anuncios de seguros de incendios de compañías como Aurora o L'Abeille. El fuego se convirtió en el entretenimiento de los bilbaínos, privados de otras amenidades por la enconada huelga de camareros de cafés y 'bars', como se decía aún entonces. La población se apiñaba en torno al espectáculo, pese a que el calor bochornoso de aquellos días no daba mucha gana de acercarse a una hoguera, y hubo que designar una compañía militar para salvar de la probable rapiña las mercancías amontonadas en la calle.
Sección de 'desgracias'
El fuego duró días y se perdieron unos tres millones de pesetas en género. El edificio, valorado en dos millones, estaba asegurado. Ramón Bastida, el arquitecto que lo había diseñado, controló personalmente el dispositivo de extinción y tuvo que resignarse a destruir parte de su obra: una de las torres, muy deteriorada por las llamas, estaba a punto de caer y convenía derribarla con dinamita. Los sucesivos intentos fallidos permitieron hacerse una idea de la solidez de la Alhóndiga: los artilleros detonaron dos cartuchos el día 23 y tres el día 24, hasta que el quinto logró tronchar la torre e hizo añicos los cristales de los edificios cercanos. Ese mismo día, el alcalde, Gabino Orbe, entró a la Alhóndiga para comprobar su estado y, según el 'Noticiero', salió con la ropa «bastante averiada» y «hubo de trasladarse a casa a mudarse».
El 25 de mayo, que cayó en domingo, se reavivó el fuego, pero las brigadas lograron dominar este coletazo de las llamas. La destruida Alhóndiga fue desapareciendo de los periódicos, atentos a otros asuntos que hoy nos parecen de épocas muy lejanas. Ese mismo día, la sección de 'desgracias' contaba el caso de Fortunato Lasa, herido en Campo Volantín al caerle encima los fragmentos de un botijo roto que una vecina había tirado por la ventana. En Cantalojas, un cura pidió que se arrestase a un transeúnte que no se había descubierto al paso del Santo Viático. Y, como muestra de la capacidad regeneradora de la historia, el 5 de junio se reinauguró el Teatro Arriaga, reducido a escombros cinco años antes por otro pavoroso incendio.