El Correo Digital
Lunes, 22 de mayo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Sobre gustos
Dice el refrán que 'sobre gustos no hay nada escrito' pero, obviamente, eso es una ironía. El que se toma ese dicho al pie de la letra es que no ha leído una letra en su vida. Porque si sobre algo hay escrito es precisamente sobre gustos, porque no escribimos sobre otra cosa ni hablamos de otra cosa con el vecino que no sean nuestros gustos. No hay una relación de amistad ni de amor ni de nada que no nazca en el fondo y en la superficie de los gustos comunes. No hay una conversación que no comience y no acabe invocando las afinidades y los intereses que se comparten, los gustos en los que se coincide o no se coincide con el otro. ¿Sobre qué se puede escribir que no sea sobre lo que nos gusta y lo que no nos gusta? Escribimos para contarlo, para decir que algo nos ha agradado o seducido o fascinado o anonadado o irritado o raspado o herido o indignado profundamente.

Por esa razón hay determinados circunstancias sociales en las que flota por el aire la consigna de no hablar de política, porque no podemos hablar ni de política ni de nada sin opinar, sin decir lo que nos gusta o lo que nos disgusta implícitamente. Y para evitar una discusión o una situación incómoda que pueda perjudicar otros intereses -otros gustos- es mejor cortar por lo sano, aceptar esa norma tácita de ignorar totalmente la política en determinado ambiente, lugar o círculo. Y por eso también, en determinados círculos, lugares o ambientes del mundo empresarial o financiero donde sólo prima un interés, un gusto -el interés y el gusto por el dinero- la gente hace esfuerzos para no hablar de nada -cosa realmente difícil-, para usar un lenguaje neutro donde hasta los silencios, los lapsus tienen significado. Por eso los empresarios y los banqueros escriben tan mal cuando se ponen a escribir, porque en realidad no quieren contar nada y porque si es realmente difícil hablar sin opinar de nada aún es más difícil escribir sin dar la opinión, sin decir lo que uno ama o aborrece. Eso es sencillamente imposible.

Escribir es intentar el milagro de interesar a alguien dándole la chapa con tus filias y tus fobias. Dante y Garcilaso fueron maravillosos pelmazos que dedicaron su existencia a dar la chapa sobre una tía que les gustaba. Eran como ese amigo plasta y enamoradizo de la universidad que te tenía siempre al tanto de sus progresos sentimentales, sólo que en vez de inspirarte ganas de echar a correr o de estrangularlo -como ocurría con ese pesadísimo colega- ellos logran contagiarte el misterio y la felicidad de esa experiencia. Ortega y Montaigne hacen lo que el niño tiránico diciendo 'esto me gusta y esto no me gusta', sólo que logrando otros resultados en quien les pone atención. En vez de hastiar transmiten la sensación de que se abren ventanas de libertad, de que perdemos un poco el respeto a lo que nos rodea y nos apabulla.



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