«Alguna vez tenía que ser», dice, resignado, José Ignacio Garmendia, una de las grandes leyendas de la Sociedad Deportiva Eibar. Portero durante 19 temporadas, estandarte azulgrana en cientos de batallas en tres divisiones distintas, el carnicero de Zizurkil ha asimilado con deportividad el descenso de su equipo a Segunda B tras 18 campañas ininterrumpidas en la categoría de plata. Y lo mismo ha hecho la gran mayoría de los aficionados eibarreses, gente con una visión extrañamente lúcida y realista sobre las posibilidades de su equipo y sobre los valores que le han permitido convertirse en un clásico de la Segunda División. De hecho, si uno se acerca a la ciudad armera y pregunta por las causas del descenso se encontrará sin duda con diversos puntos de vista, pero también con una coincidencia general.
-«Nos ha faltado humildad. Veníamos de hacer dos temporadas magníficas, de haber estado a punto de subir a Primera, y pensamos que nuestro objetivo tenía que ser el ascenso. Ése fue nuestro primer error»-, asegura Garmendia.
Aitor Muniozguren, profesor de la escuela del IMH de Elgoibar y un fijo de Ipurúa, está de acuerdo.
-«Nos ha pasado factura lo de la temporada pasada. De un modo u otro, nos ha hecho olvidar los valores que este equipo ha tenido toda la vida: la lucha, la entrega, la casta y el compromiso. Cuando las cosas se han torcido y hemos necesitado echar mano de esos valores, no los hemos encontrado»-, afirma.
Derrotas dolorosas
Muniozguren es uno de los fundadores de 'Eskozia la Brava', un grupo de irreductibles que solía animar en la antigua tribuna de La Bombonera y que hace seis años decidió asociarse para terminar con un hecho insólito como era el que la única peña oficial del Eibar estuviera radicada en Sabadell. El curioso nombre de esta peña es un homenaje -no menos curioso- a los hinchas escoceses, ejemplares a la hora de trajinar cerveza y de animar a los suyos entonando el 'Scotland The Brave'.
Durante toda la temporada, Aitor Muniozguren y sus amigos han visto desfilar por el banquillo de Ipurúa a tres entrenadores -Carlos Terrazas, que estuvo hasta la jornada 18; Roberto Olabe, que lo dejó en la 29; y Javi Pérez- y han soportado un fútbol pedregoso, aburrido y estéril, como atestigua la pobrísima cifra de goles del equipo: 25 en 38 partidos. De largo, la peor de la categoría. Aún así han seguido animando a los suyos sin desmayo, incluso después de resultados tan dolorosos como la derrota ante el Almería o el empate a uno, fallando un penalti, frente al Málaga B, su compañero de fatigas en la carbonera de la tabla.
-«La verdad es que la afición ha estado por encima del equipo. Hemos visto partidos infames y no se les ha pitado. ¿Por qué? Porque esta afición es especial. Lo que pedimos al equipo es dignidad», señala.
La vida sin glamour
Queda claro, pues, que la hinchada del Eibar ha sabido encajar con el espíritu debido el descenso de un equipo que ya se había convertido en todo un símbolo de Segunda A. De hecho, todavía hoy, cuando un equipo de Primera se imagina el infierno del descenso y los rigores que le esperan en la Segunda División, se imagina un partido en Ipurúa en una tarde fría de invierno, con las nubes cubriendo el valle y 2.000 espectadores animosos repartidos en unas pequeñas gradas con publicidad de carabinas y fresadoras. Y se imagina un rival valiente y voraz como sólo saben serlo los humildes con hambre de gloria, un enemigo, en fin, que le enseñaría lo dura que es la vida lejos del glamour de la Liga de las Estrellas.
Sólo aceptando lo que ha llegado a representar el Eibar, cuyo puesto en el imaginario simbólico de la Segunda División quedará ahora en manos del Polideportivo Ejido -a su modo, otro paradigma-, se entiende la firmeza con la que un veterano socio y ex directivo del club armero asegura que, a principio de temporada, vio un detalle que ya le hizo sospechar que las cosas no iban a salir bien.
-«Parece una tontería, pero un jugador del Eibar no puede venir a entrenar en un Mercedes impresionante. Ese no es nuestro estilo. No te digo que tengan que venir cuatro en un coche, como hacían antes, pero tampoco en un Mercedes. No sé si me entiendes»-, dice, en una esquina de la plaza de Unzaga, junto al Ayuntamiento.
Detrás de la queja de este viejo aficionado se esconde una convicción también muy extendida en la villa armera: la de que la actual plantilla no es ni de lejos la peor de los últimos 18 temporadas. Es más, el pasado verano, una vez consumadas la desmantelación y posterior renovación anual de la plantilla, eran muchos los aficionados convencidos de que se había dado incluso un salto de calidad con la incorporación de Arriaga, Solabarrieta, Azkoitia, Markel, etcétera. Lo reconoce el propio técnico del equipo, Javier Pérez, un hombre de club que tuvo que dejar su puesto de secretario técnico y ponerse el chándal cuando Roberto Olabe se rindió.
-«A priori, parecía que habíamos mejorado, pero las expectativas sobre ciertos futbolistas no se han cumplido. Esta es la realidad. Este club asume un riesgo muy grande todos los años cambiando una gran parte del equipo. Recuerda que en la temporada 1998-99 nos salvamos de milagro en la última jornada y en la 2002-03 lo mismo. Yo este año lo que he echado en falta es ese núcleo de 5 ó 6 veteranos que siempre ha tenido el Eibar en su plantilla. Gente como Bixente, Luluaga, Olano, Garmendia, Artetxe, Garitano, Karmona... Hombres de club con las cosas muy claras. No hemos tenido este tipo de jugadores. Salvo Fagoaga, el que más tiempo llevaba era Alaña con dos temporadas. Y encima se ha lesionado. La falta de ese poso lo hemos notado mucho»-, comenta el entrenador eibarrés.
Sin reacción
La trayectoria del equipo más veterano de la Segunda División no puede decirse que haya sido irregular. Al contrario. Todo ha ido mal desde el principio, desde que Carlos Terrazas asumió el cargo y, en un mensaje que pudo resultar contraproducente pero que le honra por lo que demuestra de su ambición e inconformismo, anunció su propósito de mejorar lo realizado por José Luis Mendilibar. Y eso suponía el ascenso. Lejos de ello, el equipo se fue hundiendo poco a poco y nunca mostró capacidad de reacción para salir del pozo. Javi Pérez es el primero en reconocerlo.
-«Nos ha faltado fortaleza mental para sobreponernos. Y luego tuvimos mala suerte con los refuerzos que buscamos en el mercado de invierno. Groka Brit tuvo una pubalgia, Néstor Susaeta y Juan Domínguez no cuajaron... Son muchos factores»-, admite.
Consumado el descenso, la cuestión ahora es qué va a ser del club a partir de la próxima temporada. La Segunda B suele ser una larga condena y en Eibar saben bien lo que cuesta un ascenso. De hecho, necesitaron 15 promociones para subir de Tercera a Segunda B; todo un récord que blindó a los aficionados eibarreses con una coraza de paciencia.
Un club saneado
Ahora bien, el club que preside Jaime Barriuso no es, ni de lejos, el club que era hace dos décadas. Hoy por hoy, es una entidad deportiva asentada sobre unos cimientos envidiables para lo que puede esperarse de una ciudad de 28.000 habitantes. Sus arcas no sólo están saneadas sino que arrojan superávit; algo que sólo es posible sabiendo vender y cumpliendo a rajatabla una máxima sagrada: gastar siempre un poco menos de lo que se ingresa. Si el presupuesto son 2,1 millones, los 100.000 euros van a la hucha para financiar proyectos como el nuevo campo de entrenamiento, la escuela de fútbol o las nuevas oficinas. En el plano deportivo, la estructura no puede ser más sólida. El Eibar cuenta con un equipo en Tercera hecho con jugadores sub-23, dos equipos juveniles que acaban de ascender a las máximas categorías, dos cadetes, dos infantiles, un alevín y un equipo femenino.
-«La verdad es que debemos de estar orgullosos de lo que ha hecho el club en estas 18 temporadas. Ahora hay que coger carrerilla para volver a subir»-, dice Javier Pérez.
José Ignacio Garmendia está de acuerdo. El legendario portero ya piensa en un futuro ascenso mientras recuerda el recibimiento apoteósico que vivió en 1986, tras ganar en Badajoz y certificar el ascenso a Segunda B. Para poder repetir algo así, aunque en este caso un escalón más arriba, Garmendia tiene muy claro el camino.
-«Hay que trabajar duro con futbolistas de aquí, acertar con el entrenador y ser humildes»-, dice. j.agiriano@diario-elcorreo.com