Montenegro respondió el domingo afirmativamente a la posibilidad de independizarse de Serbia en el referéndum convocado bajo los auspicios de la Unión Europea, que había establecido ciertas condiciones objetivas para la validez de la consulta. Ajustadamente, se han impuesto los partidarios de la independencia a quienes apostaban por mantener la federación, último residuo de la antigua Yugoslavia.
La historia que antecede al plebiscito es conocida y merece contarse bien, al menos en lo tocante a sus principales hitos: tanto Serbia como Montenegro accedieron a su independencia por separado en 1878, tras una secular lucha contra el imperio otomano, contra los turcos. Hace menos de un siglo, en 1918, tras la Primera Guerra Mundial, los montenegrinos optaron por formar parte de Yugoslavia, federación que entró en crisis al debilitarse el engrudo comunista que la solidificaba tras la caída del Muro de Berlín. En los años 90, el independentismo montenegrino surgió a modo de reacción a la política genocida del serbio Milosevic en Bosnia y en Kosovo, y ya quedó plasmado preventivamente en el acuerdo de unión sebio-montenegrino de 2002, que reconocía el derecho de secesión de la pequeña república, de algo más de 600.000 habitantes. El referéndum del pasado domingo es, pues, fruto de aquella tensión suscitada por las últimas guerras balcánicas y por la resistencia de las actuales autoridades serbias a colaborar con el Tribunal Penal Internacional, así como por el deseo de ingresar cuanto antes en la Unión Europea, cuando sus puertas se cierran para Serbia precisamente por no haber detenido a los criminales de guerra Mladic y Karadzic. En el referéndum se han dirimido asimismo cuestiones de política interna: el actual primer ministro montenegrino, Milo Dujakonovic, ex comunista y en el cargo desde 1993, desacreditado y acusado de corrupción por su connivencia con las mafias rusas, ha encontrado en el argumento independentista el medio idóneo de mantenerse en el poder.
En definitiva, las vicisitudes de la república montenegrina son muy peculiares y este último episodio, el de la independencia, no es más que la última fase -por ahora- de la reordenación del 'puzzle' balcánico, represado por la larga dictadura de Tito y roto en pedazos al desaparecer la férula autoritaria y liberarse las energías, las rivalidades, los odios y los agravios históricos. Pese a esta singularidad, y dado que el nacionalismo ferviente no tiene escrúpulos intelectuales en parte alguna, el 'caso Montenegro' ha sido evocado aquí con entusiasmo. Lo ha hecho Batasuna, por supuesto, y también el PNV: el pasado domingo, el lehendakari Ibarretxe, sin el menor rubor, aseguraba en una entrevista que el referéndum montenegrino demuestra que «en Europa cabe la autodeterminación».
Lo más grave, sin embargo, no es este falseamiento de la realidad ni la falta de rigor intelectual al analizar el caso de Montenegro o al realizar las impertinentes comparaciones con nuestro país, sino el hecho de elogiar el desenlace de un proceso terrible que ha traído de nuevo el genocidio al corazón de Europa y ha provocado decenas de miles de víctimas. Lo sucedido en los Balcanes en los años noventa, varias guerras civiles y de agresión de raíz étnica entremezcladas entre sí y cuajadas de terribles violaciones de derechos y de diversos genocidios estremecedores, es la consecuencia de la exacerbación nacionalista de unos pueblos políticamente atrasados y lanzados al odio tribal por unas elites con evidentes propensiones nazis. Así las cosas, la única consecuencia inteligente que puede obtenerse de la tragedia de los Balcanes no es la existencia del derecho de autodeterminación, sino la convicción de que nada de lo ocurrido allí es digno de ser emulado, más bien al contrario. En definitiva, habría que haber aprendido del drama de la antigua Yugoslavia que el nacionalismo es un virus muy peligroso que enciende odios, fomenta genocidios y lanza a los pueblos a cometer detestables crímenes contra la Humanidad.
Montenegro representa, pues, no un modelo ni un horizonte, sino todo lo contrario: en la historia de ese antiguo país se compendian todas las aberraciones que deben evitarse. La Unión Europea así lo ha entendido y, en un discutible rapto de voluntarismo, ha pensado que sería más fácil superar las aprensiones nacionalistas si los distintos miembros desgajados de la antigua Yugoslavia ingresan en la UE por separado. Difícilmente algún europeo ilustre pudo pensar, al actuar de esta forma, que otros nacionalistas de otros lugares del Viejo Continente podrían sentirse confortados por algún elemento de la tragedia balcánica, en la que no hay nada racionalmente estimulante.