Monseñor Uriarte aboga por no discriminar a unas víctimas en aras de otras, y cae una vez más en el error de la equidistancia, porque debiera haber dicho: «Hay que discriminar a las víctimas, pero no perjudicar a unas en aras de otras». Así creo que estaríamos todos de acuerdo. Porque no es lo mismo un enfermo del riñón que otro de sida, y no es lo mismo una enfermedad congénita que una sobrevenida o una adquirida. Todas son enfermedades y todas hay que curarlas, pero no en la misma sala y con el mismo tratamiento.
No es la misma víctima un señor que pasa por la calle y le pegan un bombazo que otro que voluntariamente se enfanga en la violencia y sufre sus consecuencias. No es lo mismo morir o perder a un allegado en un atentado que penar las consecuencias de haber colocado la bomba o haber colaborado en su colocación. No tiene que hacer lo mismo la víctima del terrorismo que tiene que recomponer su vida que los responsables y ejecutores del terrorismo, que lo primero que tienen que hacer es reconocer que matar a 800 personas es una salvajada.
Yo recomendaría, con todo respeto, al señor obispo que un día hable de las víctimas y otro distinto de los verdugos, porque así entenderemos mejor lo que diga, y lo podremos respetar sea lo que sea. De otra manera, los caminos del Señor son inescrutables, pero los de monseñor, impracticables.