Hubo cuatro peticiones de oreja, se dieron tres y con dos de ellas, una a una, se abrió para El Cid la puerta grande. Para premiar la primera faena de El Juli hubo sonora y visible petición de una segunda oreja. Más nutrida esa reclamación que la de la oreja que El Cid cortó al tercero de Alcurrucén, el mejor de la corrida con diferencia. Para asombro de no pocos, la demanda de oreja para El Cid en el sexto fue suficiente. De una generosidad sin límites.
Se intuía que iba a ser corrida de triunfos. Porque toreaban los dos consentidos de los que gobiernan el ambiente de las Ventas, Rincón y El Cid; y porque los toros los traían los apoderados de Rincón y descubridores de El Cid. Se cumplió la intuición. Dos de los seis toros de Alcurrucén dieron en la muleta juego sobresaliente. Los dos, en el lote de El Cid. Con los dos se entregó aparatosa y desigualmente El Cid.
No tanto El Cid con los toros como la plaza con El Cid.O los que vuelcan la plaza, que hacen ruido y bulto suficientes como para inclinar la balanza cuando sea. Si las faenas se midieran por el ruido que provocan, estas dos de El Cid pasarían a la historia. Pero ninguna de las dos resistió en directo la prueba. Con alma, El Juli acababa de torear cumplida, perfecta y científicamente un buen sobrero de Ana María Bohórquez y cuando apareció El Cid en la escena su mucha gente, que es en parte la misma que por sistema revienta a El Juli, se remangó y al tajo.
Fue transparente el trabajo primero de El Juli, que llegó a torear a cámara lenta. Fue faena intensa y tal vez corta. La petición de segunda oreja fue denegada severamente. El quinto alcurrucén se desinfló antes del caballo y El Juli lo tumbó sin puntilla de estocada extraordinaria.
En el tercero de la corrida para El Cid, las tres virtudes de una faena más desordenada que improvisada fueron la limpieza de los muletazos, la ambición del torero y, a pesar de todo, el sentido de terrenos y distancias Buen triunfo. No tanto el del sexto, de cuyas calidades no se había percibido todo el mundo. Sí El Cid, que estuvo desde el principio fuera de raya, sin someterlo. Pero resistiendo como un titán mientras los bramidos de muchos saludaban la faena como el segundo o tercer acontecimiento de la tarde mayor de San Isidro. En ella apenas contó Rincón, muy inseguro con el primero y decidido, firme y bravo pero no brillante con un cuarto de enorme caja, muy noble pero incorregiblemente distraído.