Aquel que dijo «más vale tener suerte que talento» conocía la propia esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuantas cosas escapan a nuestro control. En un partido de tenis hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y puede seguir adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue adelante y ganas, o no lo hace y pierdes. Esta es la idea que nos plantea Woody Allen en su última película estrenada. Un juego de actitudes ante la vida y el amor, cuyo resultado final depende de una horrible cuestión de suerte.
Allen abandona la comedia y Nueva York para volver al drama, esta vez en el marco de la alta sociedad londinense a la que, como es habitual en él, despoja de toda sofisticación y petulancia para crear un entorno familiar muy cercano a los ya retratados en sus obras anteriores. Si en 'Granujas de medio pelo' ya tocó, en tono de irónica comedia, la ascensión social y económica de su protagonista, ahora revisa la misma idea, pero desde un punto de vista dramático que recurre a un tramo final de 'thriller' para buscar una respuesta acorde con su propuesta inicial.
Allen despoja a su magnífico guión de toda referencia a sus neurosis habituales, y plasma con intensidad y angustia una de esas relaciones inconvenientes, pero irrenunciables que coloca al protagonista en la difícil elección entre el amor o la estabilidad. La solución vendrá por medio de una trágica combinación de desesperación, egoísmo y un perverso toque de suerte.