Con motivo de la final de la Champions han estado en el escaparate los cañoneros del Arsenal, que han pasado de ser aquel equipo tosco y desesperante del que hablaba Nick Hornby en 'Fiebre en las gradas', a una especie de crisol de culturas futbolísticas en las manos del mago Wenger. Arsène Wenger puede presumir -si estuviera en su carácter ser presumido- de haber rechazado diversas ofertas del Madrid de Florentino, y ese rechazo se produjo precisamente cuando parecía que todos los grandes jugadores del mundo acabarían en el Madrid. Pareció que Wenger hubiera adivinado que las cosas no acabarían bien, que un gran equipo de fútbol no es una suma simple de los mejores en cada posición. Un equipo de fútbol es otra cosa. En el Arsenal, Wenger dispone de una confianza por parte del club a prueba de resultados. Tiene tiempo y autonomía. Lleva diez años y le han ofrecido seguir cuanto quiera. Es un entrenador que ejerce, además, como hacía Cruyff, de director deportivo y mánager. Compra y vende, gradúa las fichas, los sueldos y las vanidades. Es él quien combina la potencia que le queda todavía a Campbell con la seriedad organizativa del jovencísimo Cesc -que levantó al Barça en la mismísima Masía- y la versatilidad de uno de los mejores delanteros del mundo, Henry.
Parece que Henry terminará su carrera en el Arsenal, tras rechazar también las ofertas más tentadoras. No considera prioritario ganar más dinero, ni siquiera títulos. En el Arsenal se divierte y se siente reconocido. Se queda con Wenger. En los últimos diez años, el entrenador francés ha comprado y vendido con criterio, para lo que dispone de una perfecta información del mercado internacional. Hizo algunos negocios fabulosos, como el de Anelka. Con los remanentes pudo permitirse otros fichajes, que parecieron excesivos, como el de Reyes, pero no lo eran en el contexto, porque respondían a un plan general.
Se ha hablado en ocasiones de que el Athletic necesita un Ferguson. Tampoco estaría mal un Wenger. Si Wenger es capaz de conocer al detalle la evolución de los jugadores juveniles en los más diversos campos europeos o africanos, a los que viaja personalmente con frecuencia, el Wenger del Athletic podría tener un conocimiento milimétrico de su mercado, que es mucho más reducido. Pero no se trata sólo del mercado, y la tarea no le corresponde sólo al entrenador o a los ojeadores, sino también a los responsables de la buena imagen del club. El Athletic debería volver a ser lo que siempre fue, el equipo con el que soñaran los muchachos que empiezan a jugar al fútbol en su ámbito de influencia. Habría que preguntarse por qué el Athletic, que sigue teniendo peñas en toda España, ya no resulta simpático en algunas zonas de Álava, Guipúzcoa o Navarra.
Deberían estudiarse las causas y poner urgente remedio. Habría que analizar por qué Raúl García no se plantea siquiera la posibilidad de venir, cuáles son las razones de la antipatía que siente hacia nosotros, si hemos hecho algo mal, si alguna vez hemos ido avasallando, si hay razones objetivas que expliquen cierto sentimiento antiimperialista en esos territorios vecinos. Intentemos recuperar nuestra imagen más atractiva y amable. Consigamos que los jugadores que pudieran venir piensen que aquí van a estar mejor que en ninguna otra parte. Toda joven promesa, y también los buenos jugadores ya reconocidos de nuestro entorno de siempre, deberían saber que les seguimos y somos su mejor opción.