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Martes, 23 de mayo de 2006
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SOCIEDAD
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El dolor más interno
Los problemas emocionales pueden ir más allá de meras fluctuaciones en el estado de ánimo y en determinadas circunstancias convertirse en un serio hándicap para la lucha diaria
La afectividad y las emociones acompañan al ser humano desde el nacimiento. Se van desarrollando junto con otras facetas de la vida y están siempre influidas por el entorno en que la persona se desenvuelve. Ya desde la gestación el feto detecta la presencia de la madre y de otros seres cercanos, como el padre. Ante la voz o el simple tacto cercano de la mano, el feto comprueba esa presencia y reacciona frente a ella.

El momento de la lactancia es un importante punto de encuentro entre la madre y el hijo durante el cual se establece un contacto estrecho y tranquilizador. También después, durante los primeros meses, los bebés son capaces de percibir el estado emocional de la madre. A través del habla y las canciones, aunque el pequeño no comprenda su significado, percibe esos estímulos como algo enriquecedor y positivo. Ese enriquecimiento emocional se desarrolla a través del contacto físico estrecho mediante los abrazos o en el momento del baño.

Más tarde, en el colegio, entrará en contacto con otras personas, como la profesora o los compañeros de clase. El niño perfila su carácter y sus emociones en contacto con todas esas personas, por lo que es una etapa fundamental para su desarrollo. Así, los estímulos emocionales que debe recibir en esa etapa han de ser sobre todo positivos, lo que favorecerá su autoestima, siempre sin caer en un exceso de protección o permisividad. La sobreprotección le impide adquirir un carácter fuerte para hacer frente a los contratiempos de la vida, y la educación permisiva puede acabar dando lugar a un carácter excesivamente exigente y a frustración.

Fortalecer el carácter

En el desarrollo de los pequeños tienen un papel fundamental las emociones de los padres. Un enemigo importante es la indiferencia hacia ellos, actitud en la que podemos caer sin darnos cuenta por el ritmo frenético que nos impone la vida actual. Ello puede llega a generar adolescentes con una inmadurez emocional que acaba repercutiendo en su desarrollo social y personal. Por otro lado, si las emociones negativas se viven como un reto para el niño, podrán influir adecuadamente en su desarrollo. Así, el castigo formativo -nunca físico ni psicológico, y sólo cuando el pequeño se lo merece-, siempre de forma equilibrada y planteado como un reto, ayuda a fortalecer el carácter y a valorar las emociones positivas.

La etapa de la adolescencia es una fase de la vida donde las emociones adquieren un enorme protagonismo. Suelen sucederse de una forma desordenada y con frecuencia fuera de control. Esa emotividad supone una virtud pero a la vez también un peligro, puesto que a veces los sentimientos escapan al control de la razón y llegan a influir en la toma de decisiones, con consecuencias en el futuro.

El adolescente es capaz de desarrollar una gran generosidad, en la que llega a manifestarse toda su potencialidad, pero también corre el riesgo de dejarse llevar por un entorno inadecuado, al tratarse de una edad muy difícil que se tiende a compartir en grupo. Más tarde, en la edad adulta, se reflejará el resultado de todo ese proceso, que siempre conviene que sea un equilibrio entre la indiferencia y una excesiva emotividad.

Un témpano de hielo

En el primer caso estamos ante personas sin capacidad para desarrollar emociones, excesivamente calculadores e incapaces de plantearse un objetivo vital que les llegue a implicar, ya en el contexto de una relación personal o fuera de ella. Ahora bien, aunque pueden llegar a ser personas de éxito en aspectos como el trabajo, su vulnerabilidad emocional es muy grande, sobre todo cuando ese éxito se convierte en fracaso o cuando surgen problemas que escapan al control de su mente calculadora, inevitables en el transcurrir de la vida, o acontecimientos desgraciados imprevisibles, como un revés económico o de salud.

En el polo opuesto, una emotividad incontrolada puede ser consecuencia de una personalidad inmadura o que no ha sido entrenada en desarrollar ese control. Puede adoptarse una vida personal errática y con unos planteamientos con frecuencia infantiles. En estas personas, la inconstancia protagoniza múltiples facetas de la vida personal, así como un carácter débil y sometido a los vaivenes de una personalidad frágil.

Por todo ello, es importante aprender a manejar la propia emotividad. Ello requiere un esfuerzo diario en el que se debe intentar evitar que predominen las emociones negativas, porque suponen un escollo para las relaciones con el entorno y suelen esconder con frecuencia otros problemas.



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