La corrida del Puerto de San Lorenzo fue imponente. Cuajo, tamaño, cara, volumen, peso. Sólo dos toros afines en la forma: segundo y cuarto, burracos y anchos los dos. Por lo demás, como si el ganadero tirara de catálogo. No se sabe si gustaron los cinco toros primeros porque no se manifestó nadie. Pero fue aparecer el sexto con su descomunal armadura y romper una ovación clamorosa.
Ninguno de los más de ochenta toros ya vistos en San Isidro había provocado tanto. Por la cuerna y por el estilo. Por si acaso a alguien se le ocurría darlo por manso, acudió pronto al caballo y se quedó debajo. Pesó en banderillas pero se estiró y vino. Y, en fin, la prueba de la personalidad: quiso en la muleta, descolgó, humilló, metió la cara, repitió. Sin terminar de entregarse ni romperse.
Cuando se sintió incómodo, punteó la muleta y lo puso caro todo. Tampoco los cites, los toques y los enganches de Tejela fueron igual de precisos. En esa paridad o disparidad vino a resolverse una emotiva pelea que acabó ganando el torero a los puntos. En el primer asalto Tejela no terminó de asentarse ni se decidió a poner la muleta por delante; sí luego, cuando en las rayas, Tejela sintió al toro obedecer más de lo previsto y entonces, con una gotita de electricidad, lo llevó toreado y obligado por abajo; y casi del todo al final. Entonces Tejela sólo tuvo que taparlo para acompañarlo en viajes mecidos a media altura por la mano derecha y ligados en mínimo espacio. El último asalto fue un gran desafío porque Tejela se lo jugó ya todo, se tuvo muy en torno aquellos cuernos de pánico y obligó al toro a pasar por el aro incluso a la fuerza. Cada vez que Tejela libró al toro por delante, la gente bramó de alivio. Aunque empujó la masa, Tejela no pasó con la espada y sólo acertó al tercer intento.
Esa pelea tan emocionante no fue la única de una corrida donde cobró protagonismo el viento, que no dejó elegir terrenos. El único sitio donde pudo ampararse Tejela en el primer turno, entre las rayas de sol, fue también el terreno donde mejor se empleó el toro de más calidad de la corrida, el tercero. Buen terreno, pero no siempre la mejor distancia. Pero faena de tensión parecida a la del sexto toro. Más rematada, más abundante y más redonda porque el temple de ese tercero fue especial. Muchas ganas de Tejela, venido a ritmo, atemperado al fin en toques y remates. Un pinchazo, una gran estocada, un éxito sonado.
El primero de corrida salió noble pero frío. El Fandi, seguro en banderillas, no dio con la fórmula. El viento no permitió experimentos. El segundo se vino arriba en banderillas espectacularmente. A César Jiménez, que aguantó firmísimo los primeros embroques, le faltó ligar y se fundieron las ideas del torero y el fondo del toro casi a la vez.
El cuarto fue toro de menos a más. El Fandi puso a la gente de pie en banderillas, pero no se templó con la muleta y la faena estaba vista antes de haberse asomado. Un trasteo sin alardes. César le pegó de salida al quinto hasta ocho muletazos de rodillas que resultaron demasiada violencia. El toro parecía pedir otras fórmulas. O ser sometido. No hubo acuerdo entre las partes.