En el fútbol, las ilusiones acostumbran a renovarse cada final de temporada. Incluso en los equipos que parecen destinados al chasco permanente, a estrellarse un año tras otro con la cruda realidad, el final de Liga viene a ser un tiempo inaugural. Se hace tabla rasa, se destierra poco a poco el fatalismo y, lentamente, se vuelve a soñar con la gloria o, al menos, con una vida mejor. Esto es lo que desean de corazón todos los aficionados del Athletic una vez terminado este 'annus horribilis' que tuvo su corolario la noche del sábado con las gradas de San Mamés pobladas de pañuelos y una pitada que ni la megafonía del estadio, estratégicamente estruendosa para la ocasión, pudo contener.
En este sentido, si la junta directiva que preside Fernando Lamikiz tenía en estos momentos una obligación perentoria ésa no era otra que hacer un gran esfuerzo por devolver la ilusión a los aficionados e intentar restablecer la paz social perdida. Nunca es una tarea fácil, desde luego, cambiar el descreimiento por la fe, el recelo por la confianza y la crítica por el halago. Pero Lamikiz y sus directivos estaban obligados a intentarlo. Les iba en ello quizás su porvenir como gestores de un club que necesita estabilidad como el aire que respira.
Pues bien, tras lo visto ayer, resulta bastante más fácil perder la esperanza en un futuro mejor que recuperarla. Reconozco que no acierto a entender lo sucedido. Me explico. Comprendo que Lamikiz justifique algunas de sus decisiones más controvertidas y recuerde y ensalce los aciertos que ha tenido en la gestión del club. Nada más lógico y natural. Lo que no entiendo es que la mejor forma de recuperar la concordia que haya encontrado este hombre sea un ataque frontal a los anteriores responsables del Athletic. La verdad es que resulta cuando menos chocante esta diplomacia suya del gancho al hígado. Como resulta curioso que desde Ibaigane se muestre tanto presunto respeto a los que pitaron o sacaron pañuelos de forma espontánea, sin pensarlo demasiado, arrastrados quizás por la inercia de un ambiente propicio al desahogo, y se condene a quienes lo hicieron premeditadamente, es decir, después de una reflexión racional, equivocada o no. ¿Qué cosas! La verdad es que, si después de lo visto el sábado había una oportunidad de recuperar la 'pax Athletica', ayer comenzó a perderse quién sabe si de forma definitiva. Ojalá me confunda.
La esperada confirmación de Javier Clemente, por otro lado, sólo puede interpretarse como una huida hacia adelante. Lamikiz asume con ella un altísimo riesgo. ¿Lo hace convencido tras semanas de aparente profunda reflexión o porque no ha tenido valor para prescindir del rubio de Barakaldo? A saber. Pero la apuesta se las trae. Aclaro que este no es un tema de gusto personal por un tipo de técnico con unos valores y un estilo distintos a los que tiene y representa Clemente, cuya campaña de autobombo y presión al club en estas dos últimas semanas no tiene precedentes en la historia del Athletic. Ni siquiera se trata de que este hombre sea un sujeto de discordia objetivamente incompatible con «el buen rollito» que reclamó ayer Fernando Lamikiz.
De lo que se trata es de constatar una evidencia que el abogado de Busturia, tras calificar a Clemente como «el mejor entrenador posible para el año que viene», se atrevió a negar por motivos que desconozco. Nos referimos al hecho de que el técnico de Barakaldo tiene en su contra a la mayoría de la plantilla. No se trata de que sólo estén disconformes los futbolistas que no juegan, como señaló el presidente. No. La cosa es bastante más peliaguda pensando en el porvenir del equipo la próxima temporada. La realidad es que buena parte de los jugadores no comulgan ni con las ideas, ni con los métodos, ni con el estilo, ni con el carácter desabrido de Javier Clemente. Fernando Lamikiz y sus directivos lo saben. Son perfectamente conscientes de ello, pero por lo visto no lo consideran importante. De hecho, ya dejó caer Lamikiz durante la rueda de prensa que hay técnicos que casi no tienen relación con sus plantillas y, sin embargo, obtienen grandes resultados.
La impresión es que esta directiva, tocada tras un año muy traumático, se ha resignado a esperar un golpe de suerte o a que Javier Clemente, al fin y al cabo un viejo zorro del fútbol, se saque un conejo de la chistera y el equipo, que comenzará como una moto físicamente (esto está garantizado), tire desde el principio para arriba y se anime. Pues muy bien, habrá que decir. Ilusionémonos todos con la esperanza de que suene esta flauta. Y que los críticos se cubran bien el hígado, sobre todo cuando el presidente se disponga a hacer autocrítica. Esto no da para más. j.agiriano@diario-elcorreo.com