Vuelve el dóping. Aunque lo más probable es que siempre haya estado ahí. Más o menos oculto, más o menos consentido, ya saben. Eso es lo peor. Que en el fondo es un problema de falta de límites. Es decir, que da la impresión de que no se sabe muy bien dónde poner la raya. Y que siempre hay un margen bastante borroso entre lo que se sospecha, lo que se medio tolera, lo que todo el mundo comenta y lo que nadie quiere ver. Pasa algo parecido a lo que ocurre con la corrupción inmobiliaria, con el acoso laboral o con la inversión en sellos. ¿Timar al ambicioso no es punible? ¿Corromperse un poquito no es delito? ¿Cuándo acosar empieza a ser realmente acosar? ¿Cuándo doparse es, en efecto, doparse? De todas formas hay una cosa que resulta en verdad muy turbadora y es el hecho de averiguar que uno puede doparse con su propia sangre. Es asombroso. Hasta cierto punto, es comprensible que descubrir eso llenara de entusiasmo a los doctores que se dedican a encontrar la manera de no ser descubiertos en los controles ordinarios. Uno no puede menos que imaginárselos en la soledad de sus laboratorios con un fulgor extraño en la sonrisa: la sangre de cada cual, la mejor droga: menudo hallazgo. Sin embargo, acto seguido, causa desconcierto enterarse de que una transfusión de tu propia sangre puede estar prohibida y ser fatal. En fin. De todas formas, siempre que aparece este tema me asaltan las mismas dos delicadas cuestiones. La primera es que unos pagan y otros no. Porque hasta cierto punto es inevitable sospechar que el hiperprofesionalismo del deporte ha convertido el dopaje en una práctica generalizada. Sobre todo en ciclismo, donde quizá por su extremada dureza se ha abusado históricamente del consumo de sustancias dopantes incluso en las categorías no profesionales. El pobre Heras (me refiero a él porque es el último condenado por este asunto) aseguró repetidamente ante las cámaras que era inocente y que no se había metido nada. Tenía un gesto compungido, todos lo recordamos. Parecía que no podía creerse que le hubiera tocado a él. Y sólo a él. Parecía que pensaba: ¿Por qué ahora sí y antes no? O ¿por qué a los demás nadie les dice nada? Porque luego está la cuestión del entorno, claro. Los demás: el equipo técnico, el director, los médicos, la tácita connivencia del grupo, ese turbio sigilo. Y al final la inevitable sospecha de que alguien sale muy beneficiado con este sucio negocio. Alguien que no son precisamente los deportistas (que, en realidad, pensándolo bien, son los grandes perjudicados en todos los sentidos), sino otros. Los listos. Los que te dicen: invierte aquí que te vas a forrar en cuatro días. O sea, los de siempre, vamos.