Los establecimientos de hosteleria, por lo general, estamos acostumbrados a los pequeños hurtos, anecdóticos en la mayoría de los casos, como que se lleven ceniceros o palilleros, que se pueden considerar recuerdos de una grata comida y del local. Esta carta está dirigida a esa señora rubia que tuvo el gusto de comer en mi restaurante el día 24 y con la que debo de compartir gusto, cosa que ignoraba, y a la que alabo el suyo, ya que aprovechando la confianza de los empleados y que éstos se ocupaban de sus labores, afanó una figura de cerámica de Gordillo valorada en 154 euros -más de 25.000 de las antiguas pesetas-. Lo curioso es que no se llevó también la que le hacía compañía y juego, una figura de un torero. Porque, ¿qué hace un picador, la que sustrajo, sin su maestro? A lo mejor es que se la espera agenciar en una próxima visita. Doy por perdida esa cerámica, que no sólo adornaba con su valor mi local sino que a ella me unía un valor no menos sustancial, el sentimental. Espero que tenga el gusto de colocarla en un lugar relevante en su salón y la ilumine con una luz indirecta, la que más la favorecía. Y que a sus visitas, si no le viene bien decirles que la robó en mi local, al menos se lo recomiende, esperando que sean menos raposos que usted.