'La buena voz' saca provecho de Bilbao como ninguna otra película hasta la fecha. Un recorrido por la villa justificado por la profesión de su protagonista, un taxista bronco y amargado, incapaz de mostrar sus sentimientos, que ha renunciado a combatir la rutina de su matrimonio. Un infarto abrirá sus ojos, al tiempo que la aparición de un hijo, fruto de una relación adúltera veinticinco años atrás, servirán para que aflore el buen hombre que se esconde tras este patán.
José Luis Gómez aporta verdad a un drama concebido en inicio como 'tv-movie' y rodado en vídeo de alta definición; la fotografía de Gaizka Bourgeaud retrata el Bilbao urbano menos reluciente, a pesar de ciertas concesiones turísticas (el Puente Colgante, el Guggenheim ). Al actor le basta una mirada para comunicar el dolor y el miedo de un bruto desconcertado. Se come vivos a sus compañeros de reparto.
Pilar Velázquez, recuperada para el cine tras años en los escenarios, es la sensible, abnegada ama de casa, casi una protomártir. Menos chicha a la que asirse tiene Biel Durán, el hijo homosexual y seropositivo, que descubre a su nuevo padre mientras escribe un libro sobre Machado, cuyos versos titulan la cinta: «Desde el umbral de un sueño me llamaron /Era la buena voz, la voz querida».
En suma, una película modesta y bienintencionada, resuelta por Antonio Cuadri ('Eres mi héroe') con su habitual corrección, sin sobrecarga sentimental. Los jugosos apuntes a cuenta de la condición 'maqueta' de su protagonista quedan desvirtuados por un bilingüismo políticamente correcto: este taxista andaluz sólo ve partidos de pelota retransmitidos en euskera por ETB, qué casualidad, coproductora del filme.