Por 18.000 euros de nada, cualquier pudiente está autorizado a ver desde una terraza el tránsito de fórmulas 1 bajo sus pies. En la curva del Casino, frente al puerto más famoso del Mediterráneo, es posible ver a los monstruos de ahora, Fernando Alonso, Michael Schumacher, Kimi Raikkonen, deslizarse a toda mecha bajo el balcón. Sólo hay que pagar por el capricho, pero, total, estamos en Mónaco, sede de príncipes y princesas, del antiguo linaje Grimaldi, y aquí no hay problema. Cualquier cosa vale con tal de aparentar.
El Mundial de Fórmula 1 para este fin de semana en Mónaco, el circuito antediluviano, el más alejado de las nuevas tendencias, el que prohíbe adelantar. Pero, sin lugar a dudas, el escenario más reconocible de la F-1, el que ha convertido a esta pequeña colonia de 198.000 habitantes en un destino idolatrado.
Mónaco equivale a Fórmula 1, al túnel, el casino, la piscina y, sobre todo, los yates. Puesto a ostentar, llega Flavio Briatore. El patrón de Renault ha atracado su imponente barcaza en un lugar bien visible del puerto. Todo el mundo puede comprobar su tamaño, la profusión de bellezas -envidia de mirones- que pasean por la cubierta. Mónaco es todo eso, el efluvio de los euros, ver y ser visto, pasear por allí para que digan. Y además, una carrera de coches.
Si el Tour fue idea de un periodista con ánimo de notoriedad, el Gran Premio de Monaco fue obra de un lunático de los coches que quiso pasear carrocerías por el puerto de Montecarlo. Desde los años veinte se celebra en el Principado una carrera automovilística y desde entonces el trazado sigue surcando las inmediaciones del mar, con retoques pero sin abandonar su espacio original.
Victoria de Fangio
La prehistoria de las carreras se remonta al comienzo del siglo, pero la Fórmula 1 tiene un origen más reciente. 1950, como la Copa de Europa de fútbol, hoy Liga de Campeones. Sucedió en Silverstone (Inglaterra), la cuna de los principales equipos de Fórmula 1 en la actualidad, un 13 de mayo de 1950. La carrera ya se enmarcó en el amparo de la FIA, que como hoy marca el reglamento de las pruebas. Dos semanas más tarde, el 21 de mayo, se corrió en Mónaco y el triunfador fue uno de los mitos de la Fórmula 1, el argentino Juan Manuel Fangio.
Aquella configuración de la F-1 no tiene nada que ver con la actual, un calendario, un programa de carreras, circuitos estables... Por entonces, había unos cuantos locos del automovilismo y carreras sueltas que se agruparon en un campeonato de sólo seis circuitos (Silverstone en Inglaterra, Mónaco, Bremgarte en Suiza, Spa en Bélgica, Reims en Francia y Monza en Italia) y cinco marcas (Ferrari, Alfa Romeo, Maserati, Talbot y Gordini).
Por entonces dominaba la triple 'Fa'. Nino Farina se adjudicó el Mundial con 30 puntos, tres más que Fangio y seis más que Fagioli. Fue el debut de Ferrari en una cita de estas características y Alfa Romeo, su principal competidor, se llevó el título de constructores.
Hoy Mónaco saluda a los visitantes con otra identidad. Es el Gran Premio del glamour, si como tal se puede entender a la apariencia de riqueza, y la abundancia. Se emplean 6.500 neumáticos en proteger la pista, se utilizan 33 kilómetros de raíl para guardar los accesos al trazado, se cobran 50 euros por una cerveza y un perrito caliente. Y, sobre todo, es el único trazado del mundo que permite transitar los viernes a los coches por el recorrido del domingo.