El ministro de Economía, Pedro Solbes, el Banco de España y la Asociación Hipotecaria Española coinciden al llamar la atención sobre el hecho de que el crédito hipotecario esté creciendo al mayor ritmo conocido en los últimos doce años: más de un 27% en el interanual de marzo. Ese mes ha sido el más expansivo de la historia del mercado inmobiliario y, por ello, no es nada extraño que el Banco de España recuerde los elevados riesgos financieros que conlleva esta situación, ni que Solbes avise del peligro inflacionario que supone una insaciable demanda de viviendas alimentada por el inagotable 'combustible' de las hipotecas a más largo plazo cada vez.
En los últimos años se ha ido extendiendo una cierta percepción de que los prestatarios se están comportando irresponsablemente y de manera caprichosa. Nada más lejos de la verdad. A pesar de los recientes repuntes de los tipos, el interés sigue estando a niveles cercanos a cero -en términos reales, es decir, una vez descontada la inflación- y esto hace atractivo el crédito a cualquier 'comprador' de dinero, especialmente si se trata de usarlo en una inversión decisiva y de alta rentabilidad como es una vivienda. En segundo lugar, la confianza a largo plazo de los prestatarios se basa además en las buenas perspectivas sobre el mantenimiento de sus ingresos y éstas se fundamentan en el dinamismo de los mercados laborales, sobre los que no hay razones sólidas -exceptuando el problema que podrían atravesar las empresas exportadoras- para pensar que se vayan a colapsar. Y en último término, aunque la época de los tipos negativos -en términos reales- haya pasado, es muy improbable llegar a tasas de interés que arruinen a las familias. Dicho lo cual, conviene recalcar una vez más que la avalancha de créditos no es en absoluto irrelevante para el resto de la economía.
Solbes tiene razón al preocuparse por su impacto inflacionario porque, en efecto, el gasto de adquisición de viviendas está tirando de los precios hacia arriba y ése es precisamente el punto más sensible de la economía que él dirige. Su ministerio, que ya que no puede controlar una política monetaria en manos del Banco Central Europeo, debería preocuparse más sobre el nivel de gasto público y sobre las reformas para agilizar los mercados -entre ellos, el del suelo- si pretende evitar que los precios sigan disparándose. Porque si no se lucha contra la inflación, el sector exterior -de gran peso en la economía española- puede terminar generando desempleo; el primer paso para una desconfianza hacia los propios ingresos en el futuro, lo que sí podría comprometer los pagos de las hipotecas y poner en muy serios apuros a todo el sistema financiero español.