Que una minoría no se imponga a la mayoría» es la conclusión de algunos nacionalistas del Gobierno vasco después de haberse mirado en el espejo del proceso de Montenegro. Todo vale, aunque la historia de cada cual (afortunadamente para nosotros) tenga pocos puntos de coincidencia. Pero, si hay otros ejemplos de referendos de autodeterminación, la inevitabilidad de la consulta de desanexión de Euskadi en relación a España se presenta como un mal menor por aquellos independentistas que, como el consejero Azkarraga, empiezan a tener dificultades para respirar dentro del corsé del Estado español. Qué agobio.
Muchos se tomaron a guasa la expresión tan desesperada de este gobernante de Ajuria Enea aunque, bien pensado y dado que no se puede aludir a Euskadi como si se tratase de una colonia al uso, la falta de aire podría ser un argumento de peso para que los tribunales europeos bendijeran, o no, el proceso de ruptura de lazos con España, aunque en Euskadi, como se puede apreciar en la composición de nuestro Parlamento autónomo, la ciudadanía no es homogénea. Aquí, ni piensa lo mismo María San Gil que Odón Elorza, ni Rosa Díez que el lehendakari. Ni la misma socialista con su secretario general Patxi López. Así es que la idea de que las minorías no pueden imponer a las mayorías habría que aplicarla en todos los terrenos.
Podría empezar por repetírselo a sí mismo el presidente Zapatero cada vez que da un paso adelante con las minorías (antes, ERC; ahora, CiU) dejando en el camino al PP con sus diez millones de votantes. En Euskadi, no son más representativos quienes más ruido hacen, precisamente. A la hora de votar, cuando la ciudadanía ejercemos nuestro derecho a ser y decidir, es cuando cantan los datos. Y Batasuna, por ejemplo, ni es la primera fuerza de Euskadi, ni la segunda; ni siquiera, la tercera. Eso sí, va por delante de EA y EB. Pero está en el lugar que, con otros nombres, le han situado las urnas.
Pero su protagonismo es cada vez más arrollador, a medida que el alto el fuego de ETA le ha lanzado hacia la cima de la Bolsa del debate político. Y, con el poder de coacción que saben que tienen, se dirigen a los jueces (¿vaya presión para Marlaska!) para que no se les ocurra dictar pena de prisión porque, de ser así, se acaba el juego.
Así estamos todavía en este rincón de Europa, mientras el premio Nobel de la Paz de 1983 que lideró la caída del comunismo en Polonia, el polaco Lech Walesa, se pasea por Bilbao y nos da un consejo. Que luchemos por la libertad pero que no pongamos fronteras. Que las luchas por los territorios acabaron en el siglo pasado. Aquella época nos dividió y nos hizo mucho daño». Pueblos enteros desaparecieron. Es la otra cara de la moneda que muchos se empeñan en no querer ver.
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