Entre las cosas más bellas que uno ha leído acerca de los libros están las escritas por el último Borges, el ciego: «Yo siento la gravitación amistosa de los libros. Creo que los libros son una forma de felicidad que nos es dada a los hombres». Son palabras para recordar ahora que ha llegado de nuevo la Feria anual del Libro. Los buenos lectores, los constantes, no necesitan recurrir a esa retórica de eslogan con que una vez al año se cantan las excelencias de la lectura. Saben, como Borges, de la lealtad de los libros de cabecera y de la muda satisfacción que proporciona el hallazgo de páginas nuevas; y saben también que hay libros desdichados, inútiles o banales, porque no todo libro, por el hecho de serlo, merece el inflado culto que le rinden sus idólatras. Si conviene alguna retórica para el libro, ésa es comedida y de tono menor, como de diálogo sin prisas ni ruidos, como la que apreciaba Paul Léautaud: «No me gusta la gran literatura. Sólo me gusta la conversación escrita». Recelo de los bibliólatras que predican «el placer de leer» o «el gozo de la lectura»: tiendo a sospechar que, como ignoran ese placer, con eso intentan formular una especie de conjuro que lo atraiga. «Chi puo dir com'egli arde, è in picciol fuoco» dijo Petrarca: quien tiene palabras para expresar la pasión es que no se ha apasionado auténticamente. Y la pasión libresca es sutil, sosegada, apacible. Es un fervor que no se lleva bien con el griterío de los públicos excitados, ni con los hechizos engañosos del cine, ni mucho menos con las descaradas proclamas de la publicidad. La lectura tiene otro rito que tal vez ni siquiera sea un rito, sino una disposición del ánimo y de la mente que pide el silencio y la calma, la intimidad y el retiro. No tengo nada contra los 'best-sellers', los libros de éxito y la mercancía opiácea que se vende encuadernada para captar el mayor número posible de consumidores. Admito incluso ese discutible argumento según el cual todos los caminos son buenos si conducen hasta los libros de verdad. Pero cuando el mundo editorial se ha rendido con armas y bagajes al argumento de las ventas, y la feria sólo contribuye a afianzar la hegemonía del libro comercial, me pregunto si no habrá llegado el momento de decir «Vade retro». De volver a los libros íntimos, recomendados de boca a oreja o descubiertos al azar. De olvidarse de ferias y demás zarandajas bulliciosas para ir al encuentro de los libros leales que seguramente nunca se encaramarán a lo alto de las listas de éxitos porque ese lugar ya está ocupado por la mercancía triunfante. Asusta calcular cuántos buenos libros no se venderán en esta feria porque los compradores elegirán en su lugar las patrañas de un tal Dan Brown.