George W. Bush y Tony Blair, convencidos de que serán sus sucesores quienes tomen medidas que ya apenas caben en sus respectivos calendarios políticos personales, se limitaron tras su reunión en Washington a reconocer que han cometido errores -la traumática 'desbaasificación', subestimar la fuerza de la insurgencia y, el peor de todos, Abú Graib-, pero que pese a los tropiezos creen haber hecho lo correcto y mantendrán, por lo tanto, el rumbo de su política en Irak. Sin embargo, la realidad a la que se enfrentan es descarnada: más de tres años después de iniciada la intervención militar, los importantes logros conseguidos -Constitución, elecciones democráticas y formación de Gobierno- están siendo eclipsados por las cuantiosas bajas sufridas entre los militares estadounidenses y la población civil, casi 2.500 soldados y alrededor de 35.000 iraquíes, y el continuo goteo de 'yihadistas' que acuden al país para bregarse como terroristas. Incluso la Coalición, que nunca fue un esfuerzo multinacional comparable al de la segunda guerra del Golfo, ha comenzado a diluirse ante la complejidad y duración de una posguerra tan violenta.
Bush y Blair pasan las horas de popularidad más bajas de sus carreras y parecen concentrarse en atenuar las repercusiones políticas a sus sucesores y aportar a sus sociedades esperanzas respecto de un posible fin de la tragedia que pasaría por que el nuevo Gobierno iraquí, el primero permanente y de amplia base nacional, fuese capaz de ir sustituyendo a los efectivos angloamericanos; una especie de 'iraquización' del conflicto que permitiría a la Coalición pasar a jugar un papel más centrado en misiones de apoyo, y menos en operaciones de combate, mientras el Ejecutivo iraquí entrena a sus fuerzas para que se hagan cargo de la seguridad. Pero la situación que atraviesa el país hace muy difícil pensar que el plazo -año y medio- adelantado por el nuevo primer ministro, Nuri al-Maliki, sea cumplido. Londres y Washington están presos de sus errores en la gestión de la posguerra en Irak, cada día más enredada, y sus dirigentes acusan ya el cansancio moral de una situación tremendamente delicada y sin visos de solución a corto plazo.