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Domingo, 28 de mayo de 2006
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POLÍTICA
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Entre dos líneas rojas
La izquierda abertzale, una vez abierto el proceso, se encuentra atrapada entre dos líneas rojas que de ningún modo podrá franquear
Entre dos líneas rojas
PAMPLONA. Un momento de la presentación del equipo negociador de Batasuna. / IGNACIO PÉREZ
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Desde que ETA explicitara su posición frente al alto el fuego en la entrevista del pasado 14 de mayo, los portavoces civiles de la izquierda abertzale han elevado el tono de sus declaraciones, poniendo el acento en la urgencia de avanzar en el proceso. Esta que ellos interpretan como situación de parálisis sería de «extrema gravedad» y podría desembocar en un «bloqueo total» de lo poco que se habría avanzado. No les han tranquilizado las palabras con que el presidente Rodríguez Zapatero anunció, el domingo pasado, su disposición a entablar un pronto contacto con ETA, una vez verificada la efectividad del alto el fuego. Su preocupación se centra ahora en la incertidumbre que todavía se cierne en torno a la constitución de la segunda mesa política y resolutiva, así como en las eventuales resoluciones judiciales sobre el encarcelamiento de algunos de sus más significados líderes políticos.

Se observa, pues, en la izquierda abertzale un creciente nerviosismo, que tiene, sin duda, que ver con los movimientos internos de inquietud o, incluso, de disidencia que tanto la lentitud del proceso como el carácter incierto de su resultado habrían suscitado entre sus bases. Y así, siguiendo una costumbre ya inveterada de la organización, los líderes estarían optando por la alternativa de imputar a los demás problemas que son sólo de ellos. «Allá vosotros, pero, si no os dais prisa en moveros, el proceso podría irse al traste», como si, en este envite, los demás nos jugáramos el todo y ellos, en cambio, nada tuvieran que perder. Se trata, como ha ocurrido en tantas ocasiones, de sacudirse, trasladándolo a los otros, el miedo que ellos mismos tienen metido en el cuerpo.

La izquierda abertzale sabe, en efecto, que se encuentra, más que en ninguna otra ocasión de su historia, frente a una auténtica encrucijada. Se ha metido, por necesidad más que por voluntad, en un espacio delimitado por dos líneas rojas que de ninguna manera puede traspasar sin riesgo de sufrir un tremendo descalabro.

Está, de un lado, enfrente de ellos, por así decirlo, la línea que desde hace años o, más concretamente, desde la firma del Acuerdo de Ajuria Enea trazó el sistema democrático como infranqueable. Se trata, por expresarlo en palabras del citado texto, del «principio democrático irrenunciable de que las cuestiones políticas deben resolverse únicamente a través de los representantes legítimos de la voluntad popular». Tal principio constituye la garantía de que, caso de que se llegara a una superación dialogada de la violencia, sería el Estado de Derecho, y no el terrorismo, el que saldría legitimado.

La izquierda abertzale se ha hecho consciente de que, pese a las divergencias que puedan darse entre los partidos, la frontera de esta línea roja va a ser defendida por todos. La misma complejidad del Estado, con su división de poderes y su sistema de controles múltiples, lo garantiza. Por eso han optado sus líderes más perspicaces, en vez de por saltarse la línea a la brava, por tratar de difuminarla con la treta de esas dobles mesas paralelas y simultáneas entre las que funcionaría un mecanismo de vasos comunicantes por el que los acuerdos o desacuerdos de la una estimularían o paralizarían los avances de la otra. El objetivo último consistiría en repartir legitimidades entre el terrorismo y el sistema, de modo que, desaparecida la violencia, resultaría imposible de discernir dónde están los vencidos y dónde los vencedores. Pero, a estas alturas de engaños y decepciones, sería de ingenuos pensar que todos los componentes del sistema pudieran dejarse embaucar por treta tan burda como la ahora tramada.

La otra línea roja se sitúa, en cambio, por detrás de ellos. Podría parecer más imperceptible, pero presenta, en realidad, las mismas dificultades de franqueo que la primera. Se trata de la línea que los propios terroristas se trazaron a sus espaldas, cuando decidieron declarar el alto el fuego permanente o, más allá incluso, cuando juzgaron oportuno dejar de cometer atentados mortales. Ahora, instalados ya, ellos y los suyos, en este nuevo proceso que han abierto, se encuentran como si se les hubiera cerrado por fuera el portón cuyo umbral acaban de traspasar. La reversión de la situación por ellos mismos creada, la marcha atrás, en palabras más claras, les sería tan costosa que resulta casi del todo descartable. Nadie entendería, en efecto, ni siquiera muchos de aquellos que todavía les apoyan, que pudiera producirse un nuevo retorno a la situación abandonada. Y esta incomprensión de propios y extraños actúa como la otra línea que no puede ser franqueada. De hecho, es, de entre las dos que aquí someramente se han delineado, la que mayores motivos da a la esperanza que todos, o casi todos, empezamos a concebir en este país el día en que se puso en marcha este proceso.



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