El ardid le salió muy caro a Michael Schumacher. En una decisión con escasos precedentes, la FIA impuso un castigo severo al alemán. Después de una maratoniana reunión que se alargó durante seis horas, fue trasladado desde la 'pole' al último lugar de la parrilla, hoy en Mónaco. El siete veces campeón del mundo había 'aparcado' su Ferrari en una de las curvas del trazado para evitar que Alonso lograse la primera plaza en un Gran Premio en el que el sábado resulta determinante para el resultado del domingo.
El gesto de Michael Schumacher volcó en el sentido inverso a la felicidad cuando una andanada saludó su presencia en la sala de Prensa. «¿No le parece poco ético realizar estas maniobras en el deporte?» Acostumbrado al bla, bla, bla, a disertar rutinario sobre neumáticos, evoluciones y reglajes, el alemán enrojeció como un adolescente con granos. «No creo que sea una
pregunta para contestar aquí», se escabulló como pudo. Poco después, tuvo que declarar dos veces ante el tribunal que le juzgó, enseñó la telemetría de su Ferrari (la caja negra del coche) y finalmente, a las once de la noche, fue sancionado.
Michael Schumacher jugó sucio ayer en el puerto monegasco. Todo sucedió en la última vuelta de la calificación, con el crono a punto del cierre y Alonso buscando su mejor giro en pos de su primera 'pole' en Montecarlo. Schumacher había marcado el mejor tiempo, pero el español recortaba distancias. Le había quitado tres décimas al paso por el segundo sector y enfilaba la primera pintura de la parrilla. El alemán pensó rápido y la maniobra quedó sellada para la memoria de la Fórmula 1.
En la curva de La Rascasse, noventa grados frente a los yates, con la sala de Prensa encima del guardarraíl, en un punto donde los pilotos quitan tres marchas al virar hacia la derecha y la velocidad se reduce a 120 kilómetros por hora, Schumacher decidió aparcar su Ferrari. En una maniobra totalmente sospechosa, de apariencia perfectamente calculada, movió a izquierda y a derecha el volante y simuló un trompo que no llegó a producirse. El Ferrari número 5 no rozó la valla. Se quedó a un palmo, como los grandes conductores que cuadran el coche ante el bordillo por la simetría de los espejos. Alonso venía por detrás y se vio penalizado por una argucia legal, una más de las muchas que brotan como setas en el interminable reglamento de la Fórmula 1.
La treta del ratero
Un coche detenido en pista equivale a bandera amarilla y ésta impide a los pilotos mejorar el tiempo en ese sector por el peligro que supone para la integridad de los demás. El asturiano tuvo que frenar por ley -no podía correr-, además de esquivar al germano en la curva. K.O. para la 'pole'. Segundo porque así lo quiso su enemigo. Michael Schumacher pensó en todo mientras conducía a más de doscientos por hora. Dejó en fuera de juego a Alonso con una artimaña que supera con mucho la treta del ratero, la maquinación del manipulador. Fue digna de Maquiavelo.
Se trata del primer accidente de la historia en el que no hay ningún daño. El coche salió intacto de La Rascasse, empujado por los asistentes. El piloto no sufrió un rasguño. Tampoco dio una vuelta de giro completa al volante en el típico trompo, sino dos tímidos desplazamientos para evitar que el Ferrari chocase. El monoplaza se caló y la pregunta se vuelve instantánea. ¿Cómo es posible si todos los bólidos tienen un sistema anticalado? Tampoco metió la marcha atrás, adaptada ya a estos coches desde hace tiempo. Una pequeña obra de arte en honor de todos los pícaros del mundo. «Se me bloqueó el coche y acabé fuera de la trazada. Intenté retroceder, pero no pude y se paró», se justificó Schumacher.