Comparten árbol genealógico e incluso se pueden reconocer en sus rostros algunos rasgos comunes pasados por el tamiz de sus respectivas edades; sin embargo, han llevado vidas muy diferentes. Tres clanes de mujeres formados por cuatro generaciones -un fenómeno cada vez más común debido al espectacular aumento de la esperanza de vida- nos cuentan lo orgullosas que están de que sus vidas se hayan cruzado y hacen hincapié en lo que las diferencia pero, sobre todo, en lo que las une: los lazos de sangre y una red de respeto tejida con mucha paciencia, que las permite relacionarse sin despeñarse por el abismo generacional.
FAMILIA LUCAS-PALOMERA
Algorta (Vizcaya)
«Somos un matriarcado»
«Qué pensarían si pudiesen vernos por un agujerito ». Marián pasea la mirada por las fotos de sus antepasados. Las tiene todas juntas, dispuestas sobre una cómoda del salón, una especie de altarcito doméstico que resume su pasado familiar. Allí están abuelos y bisabuelos, repeinados y vestidos de domingo, mujeres pálidas de aire lánguido y niños pequeños que posan con recelo «La familia es tu herencia -dice Marián-. Me da mucha pena la gente que no sabe de sus antepasados, que no se habla con padres o hermanos, que está reñida con hijos de verdad que no lo entiendo». Y es normal, porque ella, si de algo se siente orgullosa es de que su familia sea «una piña».
¿Es posible que lleguen a entenderse mujeres que han nacido en épocas tan distintas? «Claro que sí», dicen al unísono todas menos Alba, que no es que no esté de acuerdo, sino que se encuentra demasiado absorta haciendo sus pinitos artísticos con sus pinturas y sus garabatos de colores. «El secreto es respetarse mucho, aunque no siempre pienses lo mismo», desvela Karmentxu, la bisabuela, que a sus 75 años es la más veterana de la saga femenina y, por tanto, la voz de la experiencia, «la 'bisa' oro», como la llaman cariñosamente. Ella, que nació en la localidad vizcaína de Gallarta «cuando era un pueblito minero» y se ganó la vida como costurera, ha sabido aceptar «cosas que antes eran impensables», como, por ejemplo, la decisión de su nieta Ruth de ser madre soltera. «Yo soy muy creyente y al principio me llevé un disgusto, pero luego he estado encantada y llena de orgullo», confiesa la 'bisa', aprovechando que su nieta atiende una llamada de teléfono y no la escucha. «Sí, para mí, el momento más triste y a la vez más bonito de mi vida fue cuando mi hija dijo que iba a ser madre y que ella asumía toda la responsabilidad », añade Marián. Entonces, ambas miran a Alba, que con ese sexto sentido que tienen los niños pequeños, intuye que hablan de ella y dedica a los presentes una sonrisa zalamera.
En esto, Ruth cuelga y se sienta junto a su madre y su abuela, que mañana celebra sus bodas de oro. Aunque no ha estado presente en los últimos minutos, ella también parece saber -o ha escuchado retazos de la charla ajena o goza de la misma intuición que su hija- que estaban hablando de ella. «Está claro, somos un matriarcado», dice para romper el hielo. A Karmentxu le da la risa y contagia a las demás, también a la benjamina, que está encantada de formar parte del grupo. Si sus antepasados, como dice Marián, pudiesen ver la escena, estarían, sin duda, encantados.
FAMILIA GARCÍA DE ITURRIOSPE
Vitoria
«Cada uno atiende a su vida»
Cada domingo, los descendientes de Miren, que tiene 87 años, peregrinan desde Vitoria hasta la pequeña aldea alavesa de Narvaja. Así lo hacen desde hace años, porque esa rutina dominical les sirve de reconstituyente. No hay estrés laboral, ni frenesí urbano, ni traspiés familiar que no se alivie con un cocido de la abuela y un poco de aire puro. Así lo confirman su hija Encarna y sus nietas Iune y Nagore, que han incorporado recientemente dos nuevas comensales a las multitudinarias comidas de Narvaja: sus hijas Uxue y Iara, de nueve y dos meses respectivamente. Con la llegada de las benjaminas -aún pequeñas para saborear los guisos de la bisabuela, pero no para disfrutar de la tranquilidad del campo- se ha formado otra saga de cuatro generaciones de mujeres de la misma sangre.
«Me casé tarde, a los 39. No pensaba yo que iba a ver a mis bisnietos», confiesa Miren. Tiene cuatro, trece nietos y dos penas: que parte de la familia vive en Jerez, así que no pueden sentarse juntos a la mesa tan a menudo como ella quisiera, y que uno de sus hijos está divorciado. «Me parece que ahora la gente aguanta muy poco», sentencia, aunque enseguida se apresura a decir que ella no se mete en la vida de sus familiares: «No discuto, no me molesto cada uno atiende a su vida y yo a la mía. Es que soy un poco tranquila, ¿sabe?», informa.
«Nos entendemos todas muy bien -confirma Encarna-. Fíjate que cuando mis hijas eran adolescentes y salían por ahí, ¿mi madre las encubría! Luego en otros temas no es tan moderna, claro, porque mis hijas están sin casar, y las pequeñas tampoco han sido bautizadas pero ella no dice nada, actúa como la galllina con sus pollitos y el resto le da igual».
«Claro, hay que hacerse a todo. Eso ahora será lo normal », se resigna la octogenaria, que tampoco entiende muy bien por qué a su bisnieta Iune le han cambiado de orden los apellidos para que lleve primero el Zabaleta de su madre. «Sí, sí, qué cosas», dice Miren, para quien la mayor conquista de las últimas décadas es la posibilidad de estudiar y no vivir sujeta a la tiranía del campo. «Antes las mujeres hacían trabajos muy brutos, en la labranza, y no había ocasión de estudiar, aunque había buenos cerebros», denuncia. Sin embargo, Encarna dice que para ella, que no quiso estudiar, lo más duro ha sido compatibilizar su profesión de peluquera con el cuidado de sus hijas. Y si el 'problema' de la abuela era la dureza del trabajo, el de sus nietas ha sido, precisamente, la dificultad para encontrar empleo. «He trabajado de repartidora, en una tienda, en una empresa del metal », enumera Nagore. Está claro. Todas las generaciones tienen sus bestias negras. «Pero no cambiaría la época que me ha tocado vivir con la de mis padres o mis abuelos -concluye Iune, su hermana-. Sólo hay que oír sus historias para darse cuenta de que la vida ha ido a mejor».
FAMILIA URIBARRENA-VITERI
Durango (Vizcaya)
«Ahora las madres lo tienen difícil»
Nahia y Dominica se llevan bien. Y eso que las separan 82 años y dos generaciones intermedias. Mientras que la niña nació con todas las comodidades que ofrece un hospital y es hija única, su bisabuela vino al mundo en el baserri de la familia y fue la mayor de siete hermanos, casi una amatxu para ellos. «Si había que darles una torta, se la daba yo, por eso siempre quedaba de mala», se queja. Pero a ella eso no le parece ninguna hazaña. Y, de hecho, le extraña el asombro que causa la numerosa prole que ayudó a criar: «Pues antes había mujeres que tenían hasta 26 hijos», dice como de pasada, sin inmutarse.
A Amaia, su nieta, que esperó hasta bien entrada la treintena para estrenarse como madre, esas historias le suenan casi a leyenda, como a las masivas progenies bíblicas. «¿Madre mía! ¿Y hoy que nos agobiamos con uno!», dice entre risas. Su madre, Lourdes, asiente con la cabeza. «Yo cuido mucho de la pequeña, pero lo hago con mucho gusto. Es que ahora las madres que trabajan lo tienen complicado. Antes nos faltaban muchas cosas, pero teníamos tiempo para estar con los hijos», señala Lourdes.
La amama, que es una consumada jugadora de brisca y habla con la cadencia de quien traduce al castellano sus pensamientos en euskera, atiende muy seria a la conversación y refrenda las palabras de sus descendientes con un silencio aristocrático. Es de pocas palabras, pero efectivas. Quizá con los tiempos la gente se ha acostumbrado a hablar más, pero a decir menos. «Antes todo era trabajar y misa», resume Dominica, que analiza con gesto crítico los intentos de la peque de dar sus primeros pasos. «Faltan días para que ande -sentencia-. Si no lo supiera, con tantos niños que he visto en la vida ¿tonta completa sería!». Ojalá el camino que ahora empieza a recorrer Nahia sea al menos tan largo como el de su bisabuela.