Si hay una manifestación deportiva que condense la esencia de París, no cabe duda que se trata de Roland Garros. Es la apoteosis del nada discreto encanto de la burguesía. Ni el sudor proletario de los ciclistas del Tour. Ni la diversidad étnica de la selección de fútbol. Aquí hasta los recogepelotas son de buena familia. La pega para el orgullo local es que se habla demasiado español. El resto del año también ocurre en el vecino bosque de Boulogne. Pero son los travestis latinos del mayor lupanar al aire libre del mundo.
Con estas premisas, se podría pensar que cubrir el torneo es un ejercicio obligado para el corresponsal. Pues, no. El firmante es una excepción que cumple la regla. Como Steffi Graf, derrotada contra pronóstico por Arantxa Sánchez Vicario en la final de 1989, un par de meses antes de mi llegada a París. Desde entonces se suceden los triunfos españoles: Bruguera por partida doble, Moyà, Costa, Ferrero y Nadal. Sin olvidar otros dos títulos de Arantxa conquistados en años de final española en el cuadro masculino: Bruguera-Berasategui, en 1994 y Moyà-Corretja, en 1998.
Este insultante dominio, una especie de campeonatos de España en el exilio, justifica la llegada masiva de enviados especiales desde el otro lado de los Pirineos. La mayoría viene de Cataluña, imbatida tierra batida. El catalán es, desde finales del siglo pasado, lengua co-oficiosa en las pistas de la Porte d'Auteuil. En cuarto turno, después de inglés, francés y castellano. Así que las ruedas de prensa se hacen eternas, sobre todo cuando el pesado del 'Dallas News' se pone a preguntar fruslerías técnicas.
La fecha de las finales es cita fija en el calendario diplomático. Todo representante del Reino de España debe tener previsto que el primer o segundo domingo de junio es muy probable que tenga que organizar una recepción en honor del campeón. La costumbre data de la victoria de Perico Delgado en el Tour, memorable por el trasiego de vajilla y platería con el escudo real a Segovia.
La política de puertas abiertas expiró el año pasado cuando Rafa Nadal tuvo que salir a saludar desde el balcón a la afición soliviantada. Conozco a más de un embajador, alérgico al tenis, que aguarda angustiado el suplicio de soportar en el palco presidencial un partido a cinco set tocado con un 'canotié'. No como su colega de Ecuador que no se cansó de enarbolar entusiasmado el banderín del coche oficial en la victoria de Andrés Gómez sobre Agassi.
Escapate para aparentar
Las gradas de la pista central son el perfecto escaparate para el aparentar, deporte nacional. Recién llegados del festival de Cannes con la última hornada de chismorreos, 'paparazzi' con prismáticos enfocan desde la tribuna de prensa a todas partes menos a la cancha. Trofeos preciados del dejarse ver fueron el ex-ministro Roland Dumas y su amante, autora de la autobiografía titulada 'La puta de la República'.
Unico espectador autorizado a estar con perro, Jean Paul Belmondo tiene palco propio al que no va desde que hace un par de años le pegó un achuchón. Fiel a su fama de conquistador desde los tiempos en que Carolina era su heroína, Guillermo Vilas suele acudir cada año con una acompañante diferente. Las visitas de Sting, Ronaldo, Patrick Bruel o Gasol levantan a veces más revuelo que el juego sobre la arcilla.
Las instalaciones de Roland Garros son una pequeña ciudad, un solárium para ricos ávidos por completar con un barniz tierra batida su bronceado de cabina rayos UV. Durante la quincena fantástica más de 400.000 personas pasean por avenidas flanqueadas por boutiques a todo plan en las que se venden 450 artículos con la marca registrada: desde el llavero con unos gramos de la tierra prometida hasta el coche de gama alta pasando por el móvil, las gafas de sol o todo tipo de trapos.
Lo más selecto es Le Village, el equivalente del palco del Bernabéu pero con magnates del armamento en lugar de constructores. Entre azafatas esculturales, allí triunfa el peloteo con eterna ventaja al servicio privado. De vez en cuando, el corresponsal veterano tiene la suerte de ser invitado al sarao de un patrocinador. Y puede llevarle la prometida camiseta al cuñado de Bilbao.