La ley del silencio se ha impuesto en el hospital de Cruces. Habitaciones y pasillos dejaron ayer de ser un hervidero de visitantes. Se acabaron los gritos, el ir y venir de gente. Y todo por una nueva norma establecida para los fines de semana: sólo pueden pasar dos personas por paciente. A partir de las cinco de la tarde, unos guardias controlan el acceso al recinto. Sin el pase reglamentario no se puede entrar. No es una medida estricta. Pocas veces se utilizará la fuerza, porque el objetivo no es imponer, sino concienciar a la población. «Queremos crear una sensibilidad para facilitar el descanso del paciente», insiste el director gerente del centro, Mikel Álvarez.
Por una vez, los visitantes se agolpan en el hall del hospital. Es ahí donde les toca esperar su turno. La mayoría lo hace pacientemente, sin sobresaltos ni protestas. «Es duro que estés enfermo y no puedas descansar por el ruido», reflexiona Aitor Hernández, un joven de Leioa. Su abuelo está ingresado desde hace dos meses y nadie en la familia quiere dejar de apoyarle. Sobre todo, los fines de semana. «Los sábados y domingos es cuando la gente tiene tiempo libre y aprovecha para venir a la vez. Muchos días, esto parece un centro comercial», recuerda Feli del Moral, supervisora de enfermeras de tarde. Ayer, el panorama cambió por completo. «¿Se nota muchísimo!», exclama Feli en señal de alivio.
Si el personal agradece el silencio, los pacientes todavía más. Al fin y al cabo, es su descanso lo que está en juego. «Es genial que haya un control, para que luego no vengan todos al mogollón», valora María Ángeles Alburquerque. En su planta, pese a todo, hay más alboroto de lo habitual. Es la zona destinada a maternidad. Y la alegría de los niños, termina por contagiarse. A veces, en forma de gentío en las habitaciones. «Acabamos de tener un hijo y, claro, todo el mundo quiere entrar a verlo», se disculpa Mikel Gracia, vecino de Basauri. Junto a la cama de su mujer, se apiñan siete personas. Ayudados de la picaresca, han podido entrar sin problemas.
Mientras no molesten, nadie les echará. Eso sí, las enfermeras estrecharán el control y si hay problemas les convidarán a abandonar el hospital. «Salvo en casos esporádicos, se cumple la normativa. Se ve todo muchísimo más tranquilo», analiza Carlos Solá, que lleva mes y medio acompañando a su esposa en el centro sanitario.
Carteles y folletos
Para concienciar a los visitantes, el hospital ha lanzado una fuerte campaña. Carteles, folletos y hasta inscripciones en el suelo piden silencio. En uno de los rótulos, una mujer sostiene a un recién nacido. Se trata de una modelo, rubia y de ojos verdes. Su nombre es Teresa Periañez y, paradojas de la vida, está ahora ingresada en el hospital de Cruces. «La gente me para por los pasillos y pregunta a ver dónde tengo el niño», desvela entre risas. Muchas veces, la realidad supera a la ficción. «Ahora agradezco un montón haber colaborado a atajar el jaleo», se sincera Teresa.