No los regalaban, pero lo parecía. Los dulces de los conventos se convirtieron ayer en auténticos bocaditos de cielo para aquellos que conseguían hacerse con la especialidad deseada. «Ya no queda de lo que yo quería» era una de las frases más escuchadas. Frente a ésta, la de las personas que hicieron suyo el dicho: 'A quién madruga, Dios le ayuda'. Nunca una frase fue tan oportuna.
El Museo de Arte Sacro de Bilbao, situado en la plaza de La Encarnación de Atxuri, no daba a basto. El goteo continuo de asistentes superó con creces las expectativas creadas en torno a la feria, que reúne hasta hoy un amplio abanico de productos artesanos elaborados por los religiosos de 33 monasterios de toda España. Pastas, mermeladas, tartas, quesos, licores, incluso productos de higiene personal importados desde Francia, la lista es larga. Los huecos, no obstante, empezaron a aparecer en los puestos desde el mismo viernes.
Los casi 2.500 visitantes recibidos el día de la inauguración, el doble que el año pasado, unidos a los 1.600 que ya habían caído en la tentación a la una de la tarde de ayer, acabaron con los artículos de más de diez congregaciones. Entre ellos, los almendrados de Caleruega (Burgos), las rosquillas de anís de las dominicas de Valladolid o las empanadas de atún de las clarisas de Cantalapiedra (Salamanca).
Ante este precoz agotamiento de existencias, la organización ha iniciado los trámites para reponer los productos de los conventos situados, al menos, «a 80 kilómetros a la redonda». «Sabemos que hay sitios a los que no podemos llegar, pero esto está siendo terrible. El que quiera algo concreto, que se dé prisa», aconsejaron desde la organización.
Para toda la familia
Los que habían logrado su objetivo se lo tomaban con más tranquilidad. Algunos, hasta degustaban lo adquirido. Marisa García era una de ellas. Pastas de Toledo y pan de ángel. «Están buenísimas y a los críos les encantan porque se muerden muy bien», explicaba sin quitar el ojo a Paula y Mario, de 3 y 6 años. «¿Por qué hay tantos dulces?», preguntaban. «Los novios les llevan muchos huevos a las clarisas para que no les llueva el día de la boda», respondió su madre.
Esteban Martínez y su mujer, Teresa, iban bien surtidos. «Llevamos para toda la familia. Hacía falta más, pero también pesa», reconocía, con cinco bolsas en la mano. Las claves: «Venir a primera hora y repetir al día siguiente».